La carne compartida
En una playa del Pacífico, una ballena agonizante interpela las necesidades primarias de los turistas y de los pescadores, mientras un pescador frustrado intenta salvar su hogar. Un cuento de Berman Bans, tomado del libro La Fuga, para despedir el año 2025.
El muelle, fotografía de Berman Bans
Para Ivette
Ignacio terminó de afilar el machete y salió por la puerta trasera del rancho. Miró el morral que Evelia aliñó la noche anterior puesto sobre un cajón vacío y desvencijado. Se va a ir, pensó. El cajón era el mismo en que almacenaban, con hielo, el marisco recién sacado de las redes. Ponete el pantalón azul, oyó que le decía Evelia a uno de los chavalos. Seguramente a Nachito. Empuñando el machete con la punta hacia el suelo, Ignacio salió por el alambrado del patio.
Esperándolo bajo una palmera, Jacinto fumaba con el gesto desafiante que había aprendido de los galanes en las viejas películas mexicanas. Con su sombrero de vaquero a media frente y con la mano derecha posando en el mango de su cutacha envainada, parecía realmente un matón salido de algún filme con Jorge Negrete.
—Vamos tarde —le dijo en son de saludo.
—Ya sé —le respondió Ignacio, con el tono mal humorado de las palabras dichas antes del desayuno.
—Y al fin, ¿se fue? —preguntó Jacinto mientras empezaban a caminar por el sendero pedregoso buscando la costa.
—Se va a ir —respondió Ignacio, mirando la hoja filosa relumbrar con el sol de las siete de la mañana—. Está alistando a los chavalos.
Mientras avanzaban, el rumor del mar se les iba acercando con su golpe monótono de olas reventando al otro lado de la colina. Sabía que era inútil adelantar el paso. Jacinto, de todos modos, seguiría preguntando. Así que se resignó a dejarlo caminar a la par suya, mientras bordeaban, subiendo y bajando, la vereda que los separaba del último tramo hacia la playa.
—Pero ¿va a volver? —insistió Jacinto.
—A saber… —contestó Ignacio mirando el suelo.
Ambos eran hombres jóvenes envejecidos por el trabajo rudo y los trajines de la vida marinera. Pero Jacinto, a diferencia suya, era hijo y nieto de pescadores. Manejaba con habilidad probada los secretos del oficio. Mientras que él se había quedado en esa playa olvidada del Pacífico hacía apenas quince años, decidido a conquistar a Evelia, la quinceañera más codiciada de la comarca, aunque significara renunciar al equipo de béisbol de su pueblo, donde jugaba como pítcher estrella.
Evelia aceptó que se la robara con la condición de que luego, ya preñada, regresaran a vivir al mismo lugar donde estaban su familia, el mar y el oficio seguro de los pescados, a partir del cual algún día podrían, ahorrando y trabajando duro, instalar un restaurante para turistas. Pero después del primer hijo, vino otro, y luego otro. Y hacía un año les había nacido la única niña. Lo de los ahorros se esfumó junto con el sueño del restaurante. En quince años, Ignacio apenas había logrado construir un ranchito para sobrellevar la intemperie y solamente había conseguido, con mucho esfuerzo y la ayuda de sus cuñados, un bote para abastecer el consumo familiar y, cuando el día era bueno, llenar la hielera con marisco fresco que luego vendían a un precio duramente regateado en los restaurantes aledaños del centro turístico.
Aprender los rudimentos de la faena de pescador al principio fue divertido. Pero luego de esos años, cada vez estaba más seguro de que aún no era más que un aprendiz mediocre. Y, por debajera, era el hazmerreír de los varones del vecindario, que nunca le perdonaron haber conquistado a Evelia y venirse a vivir con ella para restregársela en la cara. Para ellos siempre sería Nacho, el de la Evelia. El inútil al que nunca le enseñarían los verdaderos secretos del mar, reservados sólo a los nativos.
A esas alturas Ignacio odiaba la pesca. Odiaba el mar. Odiaba los mariscos. Y se odiaba a sí mismo por haber renunciado a la pelota; por irse a meter a ese rincón del mundo donde ganarse la vida le estaba quedando como camisa de once varas. El hedor del pescado crudo, impregnado en sus manos con permanencia exasperante, le provocaba asco. Un hedor violento que estaba en su rancho, en el aliento de sus hijos, en el cuerpo de su mujer, como una presencia aplastante. Esta conciencia de su fracaso se le presentaba claramente cuando se propasaba de tragos con su compadre en las cantinas del muelle, al menos una vez a la semana. También le sucedía en su casa, cuando de pronto se percataba de lo gorda y descuidada que se había vuelto su mujer. Pero, sobre todo, cuando la tristeza de hambre de los niños y el silencio recriminatorio de Evelia se cernían sobre él.
Y eso que todavía la quería. Lo supo cuando ella dejó de reclamarle por su falta de pericia en el oficio. Supo que aún la quería cuando le empezó a doler su silencio acusativo. Incluso lo supo cuando, furiosa, lo sentenció inapelablemente a una abstinencia sexual indefinida que sólo se rompería cuando trajese una carga decente de pescado a la casa. Y ya eran tres semanas de redes vacías, caras amargas, plátano cocido con frijoles en bala sin calentar y, sobre todo, tres semanas de dormir en hamaca condenado a largas madrugadas onanistas.
El mes anterior una tormenta repentina había lanzado el bote contra la costa, destrozándole el motor y parte de la quilla. Ahora su mujer había decidido irse con los niños a vivir a Managua donde unos familiares.
Atravesaron un trecho boscoso y salieron de frente a la costa. Cuando llegaron a la playa de Las Peñitas, se encontraron con un tumulto de gente yendo y viniendo: turistas, reporteros, simples curiosos y, sobre todo, pescadores. Había un ambiente tenso. La gente gesticulaba moviéndose de un lado a otro, mientras algunos discutían gritando a la misma vez. Entonces la vieron, varada a unos cincuenta metros de la costa, encallada en un banco de arena. La bestia parecía un promontorio enorme, oscuro, recortado contra el cielo azul, asediado por las gaviotas.
—Se lo dije, compadre. Llegamos tarde.
Jacinto escupió en la arena, mientras pasaba revista a los rostros familiares de los pescadores. Estos, empujando carretillas y carretones, armados con machetes, pequeñas hachas, cuchillos pluriformes y diversos utensilios de pesca, miraban hacia el mar cerrando filas, como preparándose para una batalla.
Con el agua hasta la cintura, media docena de muchachos, tres de ellos veraneantes universitarios con pretensiones ecologistas y los otros tres socorristas de la Cruz Roja, intentaban en vano descubrir el mejor método para regresar el enorme animal mar adentro. Por supuesto, esto no era más que una treta para ganar tiempo mientras se presentaban las autoridades competentes, que debían, a esas horas, estar siendo contactadas. Después podrían agotar todas las posibilidades operacionales para el rescate y evaluar la situación con gente especializada en el asunto.
—Debe de medir unos diez metros de largo —dijo uno de los muchachos.
—Es probable. ¿Y el peso? —indagó otro, de pelo castaño, mientras observaba el cuerpo del monstruo con actitud de pasante de medicina.
—No sé. Tal vez unas ocho o nueve toneladas. No me preguntés por la especie. Ahí sí me jodiste. Pero la China, que es un ratón de biblioteca, jura y perjura que es una yubarta: en esta época, típica de aguas tropicales, y que por sus dimensiones ha de ser un espécimen juvenil, pues los ejemplares adultos pueden alcanzar hasta los dieciséis metros.
—Podríamos amarrarla con mangueras de bomberos y luego remolcarla mar adentro. Lo jodido es ese banco de arena —alegó uno de los socorristas con la cara comida por el acné.
—Y si está muy lastimada por dentro, es probable que prefiera morirse aquí antes que regresar al océano —valoró el de pelo castaño.
—Cualquier cosa puede suceder —dijo el socorrista.
En solidaridad con el cetáceo, desde la playa una pareja de estos muchachos intentaba intimidar a la multitud inquieta pretendiendo hablar por teléfono, en voz alta, con el ministro del Ambiente y los Recursos Naturales. La muchacha, de negro cabello lacio, vivaces ojos rasgados y lentes de marco grueso, llevaba una camiseta playera con el eslogan «Yo no como huevos de tortuga». El muchacho que la acompañaba, vestido con una bermuda verde fosforescente y camiseta blanca de algodón, gordito y pelo rizado amarrado en coleta, intentaba convencer infructuosamente a algunos pescadores que, al principio de los diálogos, parecían abiertos a la posibilidad de ayudar a salvar al mamífero marino. Estos lo escucharon y hasta hicieron algunas sugerencias que parecían denotar su interés altruista con el animal encallado, pero sus sonrisas, junto con las risas explosivas y el sarcasmo del resto de los presentes ante cada sugerencia, le revelaron que ahí todos le estaban tomando el pelo.
Un adolescente escuálido, turista, que había estado observando el suceso desde su caseta, logró acercarse, con el agua superándole los hombros, hasta el sitio donde yacía la ballena, con la intención de contemplar por primera vez en su vida la belleza fabulosa de ese animal poderoso. La bestia agonizante tenía el dorso robusto de un color negro uniforme, pero la zona del vientre que podía verse era de un tinte moteado. Las aletas pectorales larguísimas, casi la tercera parte de la longitud de su cuerpo, como dos alas torpes, yacían impotentes en el banco de arena. En la cabeza y en las mandíbulas unas protuberancias parecidas a tubérculos añadían una rareza barroca a todo el conjunto. El ballenato, como le llamaban los socorristas que se movían cerca, presentaba una bajísima frecuencia respiratoria, según afirmaban a gritos.
El muchacho, ido ante el ojo de la bestia, empezó a improvisar un surtidor de ocurrencias verbales, imaginándose a sí mismo unas horas en el futuro, sentado en su escritorio de estudiante, escribiendo en pretérito el acontecimiento mental que le estaba sucediendo ahora mismo ante el ojo del cetáceo agonizante.
La mirada que transitó los inmensos océanos; la mirada que sondeó los abismos submarinos; la mirada que exploró los polos de la Tierra; la mirada que se internó en los túneles desconocidos; la mirada temida y admirada; cantada y aborrecida, me miró con su pupila enorme como una llamarada acuosa de petróleo ardiente, infatigable. Y en ella vi mi rostro. Y el tuyo. Y el de todos nosotros. Razas condenadas (la de Adán y Leviatán), para siempre solas en un planeta moribundo.
Los socorristas, convencidos de que no había nada que hacer, se dirigieron a la costa. El ecologista de pelo castaño, ante los gritos y el violento tumulto que se había armado en la playa, se apresuró a auxiliar a sus amigos, a quienes los pescadores, al parecer, estaban a punto de linchar.
La muchacha de ojos rasgados había rodado por el suelo, empujada por la multitud vociferante. Su compañero, el gordito pelo crespo, ya enfurecido, empezó a forcejear lanzando hijueputazos y golpes que fueron neutralizados rápidamente, antes de ser derribado al igual que su amiga. Desde el suelo lanzaba patadas y puñetazos como un animal rabioso y algunos lugareños, indignados, no escatimaron en propinarle unos cuantos puntapiés para anestesiarlo. Pero el gordito era fuerte. Desde el suelo intentaba lastimar los testículos de sus agresores. Entonces apareció la sangre borboteando a chorros a través de su nariz reventada; sangre mezclada con la arena húmeda que ahora le embadurnaba los brazos, la cara y el pelo. Inesperadamente, un machete recién afilado se alzó para defenderlo.
—Cúbrame la espalda, compadre —pidió Ignacio a Jacinto. Éste desenvainó su cutacha y, sin abandonar su aire de matón rural de película mexicana, se instaló entre Ignacio y la multitud enardecida. Jacinto, en silencio, mantuvo la cutacha en defensa de Ignacio, mientras este incorporaba del suelo al gordito vapuleado y sanguinolento, justo cuando llegaban los socorristas. Algunas personas consolaban a la chinita de lentes rotos, que lloraba a grito partido en medio de la estampida de lugareños que se lanzaban sobre el cetáceo.
Entre todos la destazaron en un completo desorden. La sangre y el agua formaron un pantano pestilente. Los pescadores vociferaban jubilosos. El metal y la sangre y los gritos golpearon el aire en un concierto mortífero.
Se organizaron las cuadrillas para llevar la carne hasta los carretones que esperaban en la playa. Fue un trabajo de hormigas carnívoras de límpida eficacia, donde cada cual sabía la importancia de su función: desde la rebanada del tasajo hasta empujar la carretilla a través de la costa hacia las congeladoras del muelle.
Cuando los socorristas atendieron a los golpeados, llevándolos a la caseta de primeros auxilios, Ignacio intentó meterse al agua para conseguir alguna ración. Pero ya era demasiado tarde. Pronto no quedarían más que las vísceras inservibles, la cabeza y la nitidez del cacaste. La visión de la multitud destazando al animal despiadadamente —sin dejarle la probabilidad de un solo lugar donde meter su propio machete—, mientras la sangre teñía la espuma de las olas, lo despojó de su ánimo. Ni siquiera sintió odio. Un olor nauseabundo a pescado crudo le golpeó la nariz y lo terminó de hundir en una indolencia repentina que rápidamente se convirtió en límpido orgullo de hombre solo. Y ahí se quedó sin inmiscuirse en nada, contemplando como un turista más el acontecimiento carnicero.
En menos de una hora el voluminoso cuerpo del cetáceo había sido saqueado ante las cámaras de los fotógrafos. Al día siguiente, en El Nuevo Diario, aparecería una de esas fotos impresa en primera plana junto al retrato de una ecologista de ojitos rasgados mostrando sus lentes rotos.
—Compadre, le conseguí algo —dijo Jacinto ofreciéndole un trozo de carne ensangrentado, blando y grasoso de al menos cinco libras que hedía a sal, a sexo, a muerte—. No creo que la Evelia, por esta poquedad, vaya a cederle la noche… pero a los niños les va a gustar.
Ignacio lo miró con lástima. Luego le respondió:
—Guárdelo, compadre. Vamos a llevarlo a la cantina. Esa mujer no va a volver.