Cuba y la noche
Como parte de la antología Poesía espirituana, el joven poeta y artista visual Lázaro Antonio Bonachea nos sumerge en una atmósfera urbana y reflexiva a través de poemas que exploran la distancia, el deseo y la memoria. Con versos impregnados del olor al asfalto mojado y la crudeza de la noche cubana, su propuesta transita con madurez entre la melancolía del recuerdo y la constante interrogante sobre el paso del tiempo.
Fotografía de Bruce Merling tomada de Pixabay
Lluvia
Me gusta el olor del asfalto mojado,
el ruido de las gotas que caen
como disparos sobre el paraguas.
Por un momento vuelvo a ser
aquel reencuentro. Breve
espacio para convivir con el frío,
recuerdo tu nombre,
canto una canción que no te he dedicado.
Imperfecta, hermosa.
Seducción
Amo la distancia
del que huele el peligro
de devorar un plato de carne,
picada en cada mesa, masticada
en la saliva del deseo.
Las moscas conocen el secreto
de la seducción, explicado
en la tesis que un hombre
proclamó en una subasta
de arte antiguo. La carne es valiosa,
el que de más podrá morir
asqueado de tanta suerte.
Limpiando las costillas
que alimentarán a los perros,
al lado contrario de la calle.
Cuba y la noche
De niño ojeaba los libros,
preguntando a donde miraban
las pupilas de aquellos que
se fueron no solo en muerte,
sino también en vida.
Mientras jugaba a destruir muros
creía que de noche
todos soñábamos las mismas cosas.
Ahora, que no puedo dormir,
me doy cuenta de que los gallos
nunca despiertan a nadie.
Quizás sus ojos
trataban de decirlo.
Frío
Cuando desperté su cuerpo
se volvió una nube de polvo sobre
sonrisas grabadas en negativos.
Quizás sea la última vez que
su piel desnuda dibuje paisajes
sobre las notas esparcidas
por las paredes de mi cuarto.
Así lo quiere el insomnio.
Porque en realidad los recuerdos
no prometen sobrevivir al frío.
Las miradas jamás fueron puerto
seguro para el vacío que se hunde
en mis pulmones. En esas líneas
que en el balcón siguen mirando
el paso del viento en la copa
de los árboles maltratados por la vida.
Fe de erratas
Debajo del espejo empañado
por donde mis huellas desaparecen,
la luz se deforma entre los
gritos de una mujer reclamando
al televisor la ausencia,
la comida seca y el polvo
sobre el reflejo de mi rostro
que pasa frente a aquella casa,
tan parecida a la mía.
Vuelve la cuestión indiscutible
entre la negación de los polos
y la igualdad de los hombres.
Comprendo entonces a la lluvia,
sabe plantear la explicación
que negaban los hacedores de hogueras
donde se expiaba el pecado
de creer.
"Y sin embargo, se mueve"...
... cada día por segundo.