El misterio empieza con una sacudida
Esta selección poética pertenece a un dossier que la poeta Alejandra Sequeira Aguilar preparó para la revista Álastor luego de su experiencia en la XV edición del Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro. En esta entrega, presentamos poemas de Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974), autor de libros como Camerata carioca (2016), Mauritania es un país con nieve (2019) y Paraje (2021), cuya obra ha sido traducida e integrada en antologías dentro y fuera de Argentina.Los textos seleccionados pertenecen a Piedra al pecho (Valparaíso, España, 2013; de próxima edición en Argentina) y dibujan una poética del vaivén: el “misterio” como sacudida y pregunta (“Hamaca”), la memoria familiar como alimento y promesa (“Eso que fuimos, que seremos”), la intemperie sentimental (“Vendaval”) y la música como forma de lucidez (“Escuchando a Lou Reed”).
Evocación. Fotografía de Manny Vanegas
Hamaca
Es que el misterio empieza con una sacudida,
un shock de sombra que estremece la escandalosa iluminación de la escena.
Otra probabilidad es que se sostenga en un zarpazo,
pero para eso el animal interior no debe estar amaestrado.
Al menos, algo de rugido debe conservar,
algo de toro enfurecido por la sangre.
Cuando digo “misterio” no me refiero solamente a tus ojos
o a la obvia pregunta sobre lo invisible,
salvo que lo invisible sea yo para tus ojos,
y ahí no hablamos de misterio, sino de olvido.
No: por misterio me refiero al estremecimiento, al vaivén,
eso que puede ser vals, aunque no solamente,
eso que puede ser sueño para despertar abrupto,
despertar de sirena, por ejemplo,
pero más de Odiseo que de ambulancia,
aunque para Ulises también hubieran sido misteriosos
esos colores rápidos, desatados al vaivén de la marcha,
al ulular de la luz contra la sombra, de la sombra contra la luz
y viceversa.
¿Y si el misterio no empieza?
Eso es lo inexplicable.
Ni sombra, ni luz, ni animal interior, ni esperanza, ni sangre.
Sólo una calma chicha, sobradamente conocida por otros navegantes,
los que anhelaron el misterio antes que el olvido,
pero recibieron el olvido,
los que esperaron la gotita de sombra en la luz centelleante,
pero fueron encandilados por el sol:
atados a su mástil, aguardando sus sirenas sin la suerte del griego,
mientras el mar los ahogaba, sin hamacarlos nunca.
Eso que fuimos, que seremos
Empiezo por los ravioles:
entonces se hacían los pactos de familia,
los acertijos de mortero
que luego sazonarían las salsas.
La pimienta significaba un estornudo,
y estornudar una plataforma de lanzamiento.
Pero no hace falta llegar a la estratósfera
para saber cuándo empieza otra esperanza,
parecida al ayer pero en futuro.
Es que evoco de nuevo esa molienda,
aquel acto de fe, aquel almuerzo,
cuando los pactos cruzaban Orinocos
ríos de salsa.
Pronto volverás, abuela,
a preparar los ravioles,
moliendo el mismo trigo
en el mortero.
Ahí estaré, carne de tus huesos,
cayendo en tobogán al precipicio
donde estarán tus manos para arroparme:
harina entre tus dedos,
satisfecho y feliz de ser servido
en la mesa final donde todo es memoria.
Vendaval
La prudencia se pierde con la lluvia.
Ni siquiera un paraguas me cubría
y no existió el amor por esas horas.
Fue pura cerrazón lo que dio el cielo,
pura lánguida voz, puro estoicismo,
pura razón sin crítica ni agarre.
Hubo un alero gris, pero no quise.
También se vio un zaguán,
pero tampoco entramos.
En esa distracción quedó perdida.
Ya las gotas no daban con su forma,
ya su canción de ahogada me aturdía,
ya sus velos de musa me obligaban a oscuro,
y el puro tiritar no nos fue suficiente.
La prudencia se pierde con la lluvia.
¿De qué sirven lamentos que no salvan?
Si no regresa el sol continuará extraviada,
y extraviados los dos seremos polvo,
partículas de polvo disfrazadas de agua,
gotas de un vendaval que no termina.
Escuchando a Lou Reed
La canción de las cenizas
desgarra el aire con sus lamentos:
prédica de lo que será, de lo que fuimos.
Afino la sintonía
y la cortina que disimula la nitidez
se desvanece para sacarnos una foto:
vos con tu manía de lo verdadero,
yo con la imaginación de una vejez perfecta.
Cuando la canción de las cenizas se calle
todo volverá a su anestesia,
ilusión de eternidad, espejismo de lo durable.
Pero la canción de las cenizas volverá a sonar
para acunarnos.
Confundidos en sus notas,
esparcidos en un mar a cuya orilla
arderá la hoguera de unos huesos
parecidos a nosotros.