La mano del predio baldío

Este cuento de Elías Aguirre nos mete en la piel de dos investigadores que ven cómo un viejo y turbio caso de asesinato revive de la nada. Mientras intentan descifrar por qué los asesinos guardaron ese miembro como trofeo o herramienta biométrica, la historia entrelaza el misterio policial con los caóticos dramas amorosos de los protagonistas.

Fotografía de Aldo Vásquez

Quién iba a pensar que después de tanto tiempo habría de aparecer la mano cercenada de Jeremy. ¿Te acordás de aquel caso del hombre que encontramos muerto en su casa con un balazo en el pecho, cuya esposa tenía otro en la cabeza? Sí, me acuerdo –dijo Jack–. Siempre nos preguntamos cuál habría sido el paradero de la mano del pobre hombre, que, al fin y al cabo, según la investigación, se determinó que la misma fue utilizada como un instrumento biométrico para vaciar su cuenta del banco. –Bonita forma de robar la de esos ladrones–, agregó Jack, en tono jocoso. Lo bueno es que no se volvieron a dar más casos de ese tipo. Ahora resulta que una mano apareció y están investigando cómo es que llegó a parar a un predio baldío. Es posible que tenga tres años de estar allí, dentro de un frasco color negro, de esos que se utilizan para guardar productos del hogar, con tapa rosca. — ¿Cómo fue que la encontraron? — Dice el reporte que el frasco estaba enterrado. Unos obreros se disponían a zanjear para colocar las bases de un nuevo lote de oficinas, cerca de la avenida central, el terreno ya había sido emparejado por la maquinaria pesada, cuando de repente uno de los trabajadores sintió haber tocado algo extraño con su pala. ¡Era el frasco! En un terreno de una manzana, donde se construiría el nuevo lote de oficinas para negocios, encontrar solamente un tarro con tapa rosca. —Eso estaría raro, ¿no? — Claro, pero más raro aún, cuando por curiosidad lo abre el obrero de la construcción y encuentra allí una mano de quien sabe quién. — ¿Te imaginas el susto de ese pobre hombre? —, Al mejor estilo de las historias de nuestros abuelos, de la mano peluda, aquella cosa que caminaba con los dedos, como una araña, y te perseguía por todos lados… — No jodás, si no sos tan viejo, a lo mejor vos te referís a la película de “La Mano”, de Oliver Stone, de 1981, que trata de aquel maje que tuvo un accidente de tránsito y perdió la mano derecha. El clavo fue que la bendita mano no se encontró por ningún lado y el bróder se agüevó, porque a lo mejor pensaba que si la encontraba, tal vez se la podían pegar en algún hospital, pero nada… más bien la mano apareció tiempo después, como que cobró vida, y perseguía a su propietario por todas partes y asesinaba a cualquiera que quisiera hacerle daño al dueño original de esa mano—, dijo Jack, con una expresión en el rostro como de risa y de miedo. Le respondí que me refería a las historias de los abuelos, porque eso de una mano cercenada que camina es más viejo que el pinol, y de algún lado Oliver Stone debió haber sacado el argumento para su tal película.

Pero bueno…, le expliqué a Jack que este caso lo está investigando ahora mismo otra comisaría. Ya no está en nuestra jurisdicción. “Espérate que Patrik se entere”. —El jefe se quedó con la incógnita sobre el paradero de esa mano, que al final dedujimos que le fue arrancada al cadáver de Jeremy para vaciar su cuenta del banco. Pero ¿qué pasaría si no fuera la mano de nuestro sujeto? —, dijo Jack. Si no fuera la mano de Jeremy, entonces aquellos tendrán que hacer una investigación completa sobre el caso, pero si resulta ser la de él, entonces tendremos que agregar los resultados de esas pesquisas en nuestro informe, aunque hayan pasado ya tres años. En todo caso nosotros tendremos que facilitarles a ellos nuestro reporte, porque, que yo sepa, este es el único incidente, desde que estamos trabajando en esta oficina de investigación, donde encontramos un cadáver sin uno de sus miembros. De todas maneras, para hacer las pruebas correspondientes de ADN, hay que exhumar el cadáver de Jeremy y así tener una respuesta definitiva a este caso, le dije a Jack.

En realidad, no noté tan entusiasmado a Jack por el hallazgo de la mano. Este caso prometía ser bastante interesante y sabíamos que de alguna manera tendríamos que involucrarnos en él, aunque no fuéramos nosotros quienes estuviéramos al frente de la investigación. Jack es una persona que cambia de ánimos con mucha frecuencia, parece bipolar. Hasta hace unos dos años, cuando investigábamos un caso en la periferia de la ciudad, luego del “código zopilote” que nos enviara el jefe, que quiere decir que se trata de un cadáver en estado de descomposición, Jack tenía poco tiempo de haberse divorciado. Entonces se entregó en cuerpo y alma al trabajo. Ahora como que le vale un comino. Los casos ya no lo entusiasman como antes, y sobre todo este, el de la mano, y eso que fue él quien descubrió que Jeny, la esposa de Jeremy, también tenía registrada su huella dactilar en el teléfono de su esposo, con lo que pudimos reunir mayores elementos para la investigación. Todo ha cambiado con Jack, desde que se volvió a casar. El problema no es que se haya vuelto a casar, el grandísimo problema fue que se casó con la misma mujer. Sí…. —Sos un gran caballo—-, le dije en su momento. Cuando yo me di cuenta de semejante burrada, quería darle de coscorrones. “No jodás, pero si esa mujer te mandó al carajo, aun cuando fuiste vos el que la perdonaste, porque acordate, que quien había sido infiel fue ella, en aquel momento, no vos. Si hasta le rogaste que regresara con vos, le dijiste que no te importaba que te hubiera puesto los cuernos del reno más grande de Santa Claus, que no te importaba no caber por la puerta de tu casa con semejante ramazón, que vos ibas a hacer que ella olvidara a ese hombre con que te las había pegado, que no te importaba que aquel tuviera mejores proporciones que vos, que para eso, vos ibas a hacer ejercicios y aplicar ungüentos en tu muñeco para que le ayudaran en el crecimiento porque, es verdad, habías admitido que estaba medio desnutrido y que le hacían falta sus vitaminas. Yo te dije que no creía que por eso te hubiera dejado tu mujer, porque vos sos un tipo atlético, que va al gimnasio, que te mantenés en forma, que te alimentás bien, pero que era cierto, sos medio chaparro y medio flaco, pero que por una cosa como esa ninguna mujer deja a su marido porque no se trata de lo golosa que pudiera ser, porque vos también con ella eras muy atento, muy cortés, muy amable. Le abrías la puerta del carro, le abrías la puerta de la casa, solo te faltó extenderle una alfombra roja y hacerle reverencia”, le dije yo en aquella ocasión. Ahora, resulta que a la mujer le fue mal con el hombre, al que apodamos “El negro del Wasap”, y movió cielo y tierra para volver con el pobre Jack. Pero eso no es todo, porque mi amigo, con el paso del tiempo, de alguna manera superó lo que la esposa le había hecho, y, como es lógico, tenía que rehacer su vida. Entonces, por esos azares de la existencia humana, conoce a una persona. Era una oficial del departamento forense de la delegación central. Se conocieron cuando tocó reforzar las investigaciones en torno a un deceso múltiple en una finca en el norte del país, donde perecieron al menos 10 personas, todas intoxicadas con fosfuro de aluminio, mejor conocido como pastilla para curar frijoles. Había que determinar si aquel caso fue una simple negligencia o si hubo mano criminal…   La cosa es que Jack ya vivía con esta mujer, la amaba, se entregaron ambos completamente, sin reparos. En poco tiempo se dieron cuenta que eran el uno para el otro, que ella tenía casi las mismas preferencias que él, que a ambos les encantaba el helado de chocolate, que les atraían casi las mismas canciones. Se dijeron un millón de veces te amo como si en una hora de éxtasis cupiera todo el tiempo del universo. A cada rato se cantaban el uno al otro aquella canción, “Como yo te amo”. Disfrutaban escucharla juntos: [ Como yo te amo, convéncete, nadie te amará. Nadie, porque yo, te amo con la fuerza de los mares. ¡Yo! Te amo con el ímpetu del viento. ¡Yo! Te amo en la distancia y en el tiempo. ¡Yo! Te amo con mi alma y con mi carne. ¡Yo! Te amo como el niño a su mañana. ¡Yo! Te amo como el hombre a su recuerdo. ¡Yo! Te amo a puro grito y en silencio. ¡Yo! Te amo de una forma sobrehumana. ¡Yo! Te amo en la alegría y en el llanto. ¡Yo! Te amo en el peligro y en la calma. ¡Yo! Te amo cuando gritas, cuando callas. ¡Yo! Te amo tanto…. yo…] La única disyuntiva que tenían en torno a esa canción es que a ella le gustaba escucharla con Gloria Trevi y a Jack le encantaba la original, la que canta Raphael, pero entendían que en el fondo es lo mismo, que esa letra de la canción, independientemente de quien la interpretara, los hacía suspirar y los hacía llorar de felicidad, sin importar que estuvieran pasando penurias o dificultades, ambos se acoplaron tanto que en tan poco tiempo lograron lo que muchos matrimonios no pudieron en toda una vida juntos: complementarse, como como un solo ser, como las dos mitades de una naranja, como una sola carne. Aunque eran cuarentones, los dos, parecían adolescentes a media calle, besándose, abrazándose, agarrados de la mano, jugueteando con cualquier cosa, riéndose de las más insignificantes trivialidades. Siempre que salían a un restaurante o cuando compraban comida en la calle para comer juntos, se soltaban en carcajadas porque aun comiendo se besaban, pero lo hacían poniéndole énfasis al sabor y al olor de los alimentos y así se decían el uno al otro: “un beso con limonada”, “un beso con quesillo”, “un beso con gaseosa”, “un beso de chancho con yuca” … en fin, de lo que sea que estuvieran deglutiendo, era un sabor para cada beso, que disfrutaban de cuando en cuando entre masticadas y acercamientos furtivos de los labios. “No seas caballo, cómo te vas a casar con la misma mujer”, le decía yo. Pero no me hizo caso. Ahora está allí, todo hecho paste; ya no lo entusiasma el trabajo, dice que en la casa donde vive con su mujer, es decir, la misma que lo echó a la calle porque se las había pegado con el grandulón, son como dos personas extrañas, como dos desconocidos. Que les cuesta dirigirse la palabra. Ninguno de los dos hace el mínimo esfuerzo por quererse dar un beso. Pero, ¿qué querés que haga si no me nace siquiera darle un beso? Entonces, ¿por qué te regresaste a vivir con esa mujer, grandísimo bruto? Es que ella me dijo que cambiaría, que iba a ser distinta de lo que siempre fue conmigo desde que nos casamos la primera vez; que ella había reflexionado sobre el daño que me pudo haber causado con sus acciones, que necesitaba que yo le diera, aunque sea una oportunidad para demostrarme que podía ser feliz conmigo y que haría las cosas mucho mejor. Pero ya ves, bruto viejo, que no ha cambiado nada. Ella sigue en la misma situación que antes, y, según las cosas que vos mismo me has contado, ella continúa controlándote y cuidándote como si fueras un niño chiquito; te sigue revisando el celular, sigue decidiendo a quién podés tener o no tener de amigos en tus redes sociales, quiénes pueden o no pueden ser tu contacto, qué se publica o no se publica en tu cuenta de Facebook. ¿Es que no te das cuenta? ¿Por qué no reflexionás? Pues sí, yo ya le he dicho que no me ande revisando el celular, que se quite esa maña de andar espiando mis cosas. Parecés un grandísimo idiota. Y, ¿lo ha hecho? No. ¿Ya viste? Eso te pasa por no parártele con huevos a esa mujer.  Ahora tenés que aguantarle cosas peores que las de antes, porque si antes te mantenía a mecate corto, ahora se ha convertido en un grillete, en una pesada bola de hierro. Tan bien que estabas con la novia que te encontraste, pero apenas aquella se dio cuenta que tenías una nueva relación, volvió solo para joderte la vida. Y no me digas que no, porque bien sabés que es cierto, porque cuando ella no supo que tenías una novia, nunca te dijo nada, nunca te buscó, porque su objetivo era solamente verte sufrir, pero no soportó verte feliz y fue por eso que, en cuanto se dio cuenta que estabas con esa otra mujer, ¡zaz!, aparece como por arte de magia, sabiendo que ya te había dejado, ya te había extirpado de su vida como una espinilla que estorba dolorosamente en la mera punta de la nariz. Pero ni modo. Ahora a aguantar el muy pendejo y no te estés quejando de que no sos feliz, de que te hace falta la mujer que tenías, simplemente porque no tuviste el valor ni la autodeterminación de decir hasta aquí; porque sos un blandengue, que hacés todo lo que te dice, porque le tenés miedo, porque le temblás cuando te habla. Te tiemblan las patas de solo verla llegar, porque siempre estás a la expectativa de que te va a regañar o de que te va a decir algo malo solo porque no terminaste de limpiar la casa, porque se te olvidó regar el jardín o porque no hiciste a tiempo la cena. ¿Es que no te das cuenta gran pendejo que esa mujer solo te quiere para que sigás siendo su guachimán? ¿A caso no entendés que es mentira que iba a cambiar? Lo que pasa es que como le fue mal con aquel animal ahora se quiere ensañar con vos. A lo mejor se dio cuenta que no puede estar sin nadie, y lo más probable es que le fue mal con aquel, porque aquel seguramente no se dejó mangonear, porque segurito que se hartó de sus manías de controladora y en cuanto comenzó a sacar las uñas, aquel se la derribó de un zarpazo. “Un momento, muy atrevida, a mí no me vas a agarrar como si fuera tu puerquito, a mí me respetás”. Y a lo mejor también le dio su respectiva sopa de muñeca, solo que ella nunca te lo va a decir, ¿acaso que es tonta para decírtelo? Pero ya ves, te endulzó el oído con dos o tres palabras y vos regresaste con ella como cuando llaman a un gato engañado con una migaja de pan, y de remate dejás a aquella mujer con el corazón partido, porque ya te amaba, ya se había acostumbrado a vos, ya eras parte de su vida, de su cotidianidad. Estaba acostumbrada a tu olor, a tu aliento, a tus flatulencias…  y vos venís, sin decirle nada y te le bailás, te le vas así por así. Y fuiste tan estúpido que te fuiste sin decirle nada. Simplemente la abandonaste. Por lo menos le hubieras dicho, ya vengo, voy a comprar un helado, y simplemente no volvés, como los argumentos en las películas de bajo presupuesto, de esos padres irresponsables que dejan botados a sus hijos, engañados con una promesa que no se va a cumplir jamás, más que el inexorable y cruel abandono. ¿Cómo crees que se sintió esa mujer? ¿Vos pensás que no le rompiste el alma? Y ella preocupada porque vos nunca llegabas. A mí me llamó, desesperada, preguntando por vos, que si te había visto, que si yo estaba con vos, que si estábamos bebiendo guaro, cualquier cosa, con tal de darle alguna razón tuya, de tu paradero. Me llamó llorando, de que qué te hiciste, por qué no habías llegado, porque ella estaba acostumbrada a que vos le avisabas siempre a la hora que salías del trabajo para esperarte e irse juntos, aunque hubiesen estado en localidades diferentes. Se quedó sorprendida de que te fueras sin avisar, sin dar la cara, como todo un cobarde. Estaba llorando, en vivo llanto, pidiéndome de que te llamara, de que te aconsejara para que te hiciera reflexionar, que no era posible que regresaras con esa mujer, que vos ya le habías informado que la madre de tus hijos te andaba buscando nuevamente para que volvieras y le comentaste que a lo mejor regresabas a tu antigua casa. Afirmó que te había dicho que pensaras muy bien las cosas, que no podías regresar de primas a primeras después de que te echó de tu hogar, a la vista y paciencia de tus propios hijos, que fueron testigos de sus arrebatos de cólera y de cómo te tiraba la ropa en el piso, donde se mean los perros y los gatos. Testigos de sus amenazas de que si no te ibas llamaría a la policía para sacarte a la fuerza de la casa, a pesar de que vos le estuviste rogando toda la mañana de que no te sacara, a pesar de que la de la falta había sido ella y en ese sentido tampoco tuvo misericordia de vos. Pero lo que más me sorprende es que hayas regresado con ella y que te hayas vuelto a casar, a pesar de haber sido legalmente divorciado. De veras. Parece que tuvieras estiércol en la cabeza. -Ya. Déjate de tanta retahíla- gritó Jack, al borde de la desesperación.

— ¿Ya se dieron cuenta de la mano que encontraron cerca de la avenida central? — Dijo Patrik, el jefe, casi extasiado, llegando recién a la dependencia. —Precisamente de eso estábamos hablando Jack y yo en este momento-, mentí. “Me parece que lo más relevante es que la mano que se encontró está casi intacta, como momificada, tiene incluso las huellas dactilares”, agregó el jefe. Yo le dije que lo más probable es que se haya preservado muy bien al estar aislada de los elementos, ya que en un recipiente hermético habría sido difícil que los tejidos se descompusieran.  Ahora habrá que investigar cómo fue que el malhechor o los malhechores fueron a enterrar esa mano allí. Por qué se les ocurrió meterla en un tarro con tapa rosca y no simplemente la tiraron a un cauce o un río, o dejarla en un lugar al aire libre para que se la comieran los animales de rapiña. Lo mejor de todo es que la información de la mano cercenada no trascendió a los medios de comunicación cuando ocurrió el hecho hace tres años. En esa ocasión le tuvimos que decir a los familiares del difunto, que la mano tuvo que ser amputada en la mesa de disección de Medicina Legal para efectos de una investigación más profunda. En realidad, no creo que nos hayan creído una sola palabra, pero lo más importante es que no trascendió, porque de haber sido así, se hubiese generado toda una histeria colectiva en la ciudad, regándose como pólvora aquel rumor de que el nuevo modo de operar de los delincuentes es arrancándole las manos a la gente para vaciar sus cuentas del banco. Nadie sabe, pero absolutamente nadie sabe que dicha afirmación es cierta, pero que se trata de un hecho aislado y que tal cosa no ha vuelto a ocurrir en nuestra comunidad.

—Nunca pensé que volveríamos a enfrentarnos a este caso-, le dije a Jack. —Parece que los fantasmas del pasado siempre encuentran la manera de regresar, pero realmente no me siento entusiasmado-, respondió.

El equipo forense trabajaba meticulosamente, recogiendo pruebas y tomando fotografías del área. El frasco negro había sido cuidadosamente levantado y llevado a la unidad móvil para su análisis.

“La mano parece estar en buen estado de conservación, dadas las circunstancias”, dijo el jefe forense, ajustándose los guantes, luego de dar órdenes a sus compañeros de la comisaría central, la nueva entidad que lleva ahora el caso, de llevar el frasco al laboratorio para realizar las pruebas de rigor.

En el campo se realizó un examen visual detallado para documentar el estado de conservación del miembro, posibles lesiones, marcas, cicatrices, tatuajes u otras características identificativas. De igual manera, se tomaron fotografías de alta resolución para el archivo forense.

Ya en el laboratorio de criminalística, se realizaron los debidos exámenes de histopatología, que buscan analizar los tejidos bajo el microscopio para evaluar el grado de degradación del miembro y determinar la forma en que fue cercenado.

—Pero te diste cuenta el día de los hechos de que ese corte para amputar la mano fue limpio, ¿verdad? Como que lo hicieron con una espada de samurái, tan limpio como cuando te cortan los trozos de jamón o mortadela en el supermercado, con aquellas rebanadoras especiales—, dijo Jack, todavía asombrado por el recuerdo.

También se hicieron las pruebas para la identificación de huellas dactilares. Se sabe que en una mano prácticamente momificada sería muy difícil, pero si estas huellas están lo suficientemente bien conservadas, se pueden comparar con bases de datos de huellas dactilares para identificar a la víctima.

En el laboratorio, igualmente se hizo el infaltable examen de ADN. En este caso, al estar la mano momificada, fue necesario extraer muestras de hueso, ya que prácticamente no existían tejidos blandos. Esto con el objetivo de compararlo con muestras de referencia de familiares o bases de datos.

Jack y yo intercambiamos miradas. Ambos sabíamos que esto podía ser la pieza faltante que necesitábamos para resolver el misterio.

—¿Quién crees que pudo haber hecho esto? —preguntó Jack. —No estoy seguro, pero esto no es obra de un simple ladrón. Enterrar una mano en un frasco y dejarla en un terreno baldío... esto es algo personal. Alguien quería asegurarse de que no la encontráramos hasta mucho tiempo después—, argumenté.

Esa noche, Jack revisó el viejo expediente del caso. Fotos, declaraciones y pruebas esparcidas sobre su escritorio. La imagen del cuerpo de Jeremy y su esposa le recordaba la sensación de impotencia que había sentido entonces, sobre todo con aquel maldito corte tan limpio que cercenó la mano de un tajo.

Al día siguiente, los resultados del laboratorio llegaron. La mano, efectivamente, pertenecía a Jeremy. Pero había algo más. Una pequeña incisión en la palma reveló un minúsculo chip implantado bajo la piel.

—Esto es nuevo —dijo Jack, sosteniendo el informe.