Los amantes son la réplica del miedo
Cerrando esta destacada selección de autores contemporáneos, María Delia Cepeda Pérez enriquece la antología con versos que se mueven entre el misticismo, la rebeldía del signo y el miedo inherente al amor. Con una voz que se declara peregrina de la noche y que desafía la suerte del oráculo, sus poemas construyen puentes líricos para amparar al ser humano frente a la aspereza de los otoños y el silencio del grito cotidiano.
Piel de hombre manso
Los amantes son la réplica del miedo,
adornan la carne y los rincones;
saltos a hurtadillas en ciudades que se ocultan.
¡Qué salgan de las puertas,
qué miren sus rostros
y se arranquen la piel de hombres mansos!
Su cauce es la fuerza que me deja en los bordes sin
techos,
sin palabras que me salven.
Desde aquí hasta noviembre habitaré otros bordes.
Mientras llego, solo me queda hacer la señal de la cruz
para burlar el poder que está bajo tus párpados.
Halagos que multiplican la esperanza
y sobrecogen las miradas perdidas
desde el más auténtico miedo,
susto del amor que no llega,
que sobresalta la idea de la verdad
y ejerce el oficio de ser cruel
en las noches que lloran
Silencio de gritar
La noche me eligió para ser peregrino.
Los sueños que agonizan donde vengo
y el patio que verdeaba en pleno mayo
abruman mis horas de andar en primavera.
Sabrás que este silencio de gritar está en mis genes.
Soy rebeldía del signo que me trajo
en todas las verdades que vocean dolores ocultos,
dádiva que se despide en cada hoyo.
Duermo con los cantos de grillos y ranas que hacen
orquesta,
los luceros rutilan y se vuelven las horas de mi cama.
Pertenezco al firmamento y me baño en el chorro
de estrellas que llueven.
Pido ser paz.
Comulgo la fe de los poetas que aluzan la aurora.
Puentes que asoman los amaneceres
y el soplo del bóreas que trae el invierno.
Puente del norte que no tiene mar
Quizá vivimos en un pueblo que es un espejismo
y que no es blanco ni está en las colinas.
Quizás habitamos el siglo de otro mundo,
en el atisbo de los dioses que huyen
y vienen a guarecerse en este pueblo del norte
que no tiene mar ni evidencias de otras vidas,
donde el ave fénix nace una u otra vez.
No está el amor que guardé en lugares remotos
ni el concilio para esos sueños dormidos.
Todo el hoy es el poema donde te invento,
es diluvio que ronda las calles
y es ese puente que intenta amparar a un hombre
y a una mujer que copulan.
Un borracho pone su rabia en el andén
y los viajeros buscan otras vías
como si ellos mismos fueran ese país que nos juzga.
La aspereza de todos los otoños llega con los artistas
del baile de octubre,
mientras el sacerdote hace la libación del vino,
el Tarot desafía la suerte y sabe que este escenario
fue de otros.
Silencio que parece árbol
¿Dónde estará el silencio, dónde estará?
¿Puedo encontrarlo en la cobija del sol
o en la luz de afuera que es muy fría?
Dios también fabricó noches muy cálidas,
con hombres y mujeres que trasnochan
y buscan el silencio.
Cualquier música es el puente entre los ruidos
y ese amanecer que es noche y es día.
Es como saciar la sed del viento
en busca de la caridad del impío,
subirse al tranvía
y escudriñar los rieles escondidos en la maleza.
Poses para fotos sobre el río Yayabo.
Desde el lente la gama de colores destella,
es concierto de rock que desplaza el silencio,
ruido que hoy fractura los decibeles.
Antes casi era otoño y ya el silencio
comenzaba a parecer árbol.
Ese silencio es árbol, es rock, eco, rieles que pasan.
Su cara, que es amanecer, se camufla en las miradas.
El silencio y la máscara quieren desafiar la profecía.
Sabe el almendro de su viejo rumbo
Cierta vez estuviste en este sitio que hoy desconoces,
el que una vez fuiste entre el recinto y la memoria
y solo el almendro sabe de tu viejo rumbo.
Estás en el calendario que pregunta,
en rumores susurrados,
entre los ricos que golpean olas.
Apenas eres un óleo blanco que simula
un perro abandonado y sin olfato.
Voy a encontrarte detrás de un antiguo armario
y en el peligro de una epidemia de miedo
donde los salmos de un monje traten de aliviar
el sopor de una mirada que no ha de salvarte.
Has de volver sin ti,
justo con la sentencia del oráculo traerás tu cuerpo.
El rostro que eras vendrá y la piel y el lamento.
Has de hacer los caminos donde Dios desvistió la tierra.
Estás en todos los límites.
Has de dar tu confesión en esos caminos
donde las flechas y las lanzas,
donde las ruinas que eran,
rumbo a la estela de luz
y donde tu trono…
Pienso en la música del hombre que fuiste.
Estás donde no has descubierto las puestas y los
amaneceres