Lengua en exilio y otros poemas
Traducidos al español por Marisa Martínez Pérsico, los versos del autor shanghainés Cheng Yong nos sumergen en una cartografía de la pérdida, la sospecha y el desarraigo. A través de imágenes cargadas de melancolía —como correos en ruinas, vientos que ahogan la tristeza y lenguajes que deciden exiliarse—, esta selección de poemas explora la frágil condición humana frente a la constante tensión entre la existencia y la desaparición. Una voz que, desde la penumbra y los rincones olvidados, logra emitir una luz tenue pero capaz de atravesar la oscuridad más profunda.
Fotografía de Aldo Vásquez
Antigua estación de correos
La brújula olvidó apuntar al sur,
el pájaro vagaba por la puerta
y contemplaba el único sendero bajo sus pies de páramo.
Las hojas incompletas colgaban de su rama,
el huracán pintaba líneas con la forma de un brazo,
piedras voladoras que perseguían en la bruma
las sandalias de los rezagados.
Alguien más
intentaba acercarse a las ruinas del antiguo correo,
las cuerdas de sus zapatos en la hierba esparcida,
en las trizas del viento.
El tiempo y la copa de vino
Buscas a menudo a un hombre llamado Zen
intentando abandonar tu confusión al borde del camino.
Esperas a que pasen los pájaros
para sentir el viento que corre en esa dirección.
En la posada de enfrente, aquella de la grieta en la pared blanca,
el tiempo ahoga su tristeza.
La casa destartalada es antigua desde hace tiempo
y no es posible añadir ni una gota de vino al bebedor.
Ventanas resquebrajadas que parecen abrirse
y conducirte al ayer
pasando por el jardín de la cervecería del callejón,
en dirección a un campo de trigo moteado.
Lengua en exilio
Estoy harto de hablarle al viento.
Prefiero arriesgarme a exiliar el lenguaje,
soportar los ardientes insultos del ajenjo,
resistir las omnipresentes tormentas de arena,
enterrar las raíces de las plantas
y sus venas silenciosas.
Sigamos meditando.
No diré una palabra a las nubes que se alejan.
Pierdo pie en el lenguaje:
hay un paisaje invernal con hojas muertas.
Los primeros en llegar fueron pueblos fronterizos,
naturaleza salvaje,
pero el espectáculo cotidiano sigue siendo:
Existencia y Desaparición.
Sospecha
Por aquel entonces no entendía.
Hallé mi hogar sembrado con la flor del pecado
en un jardín de penas
con flores y flores en sospecha mutua.
¿Dónde y por qué?
Recién ahora lo descubro.
Flores que crecen de espaldas al sol,
solas, pensativas. Con el tiempo,
el rizoma se rompe y emerge de la tierra.
Los pájaros regresan volando desde lejos
mirando fijamente el cielo
porque es difícil encontrar
el nido al anochecer.
El brillo de una aguja en un rincón
Tengo miedo de la luz del sol.
Busco refugio en la mano de las sombras.
Quizás reencarné en ratón en una vida pasada.
Miedo a las cosas poderosas
capaces de iluminar cada rincón
como un sol que se resiste a atardecer.
Miedo a lo inesperado,
a una tormenta impredecible.
Heredé un color oscuro,
unas texturas opacas y borrosas.
Heredé la trama de las lluvias de meteoritos.
No estar iluminado se convirtió en mi norma.
A veces me acurruco
detrás de los árboles o en grietas de colinas
o en rincones de los muros en ruinas.
Y la única energía que me queda en el cuerpo
parpadea débilmente
pero emite una luz tenue
capaz de atravesar el ojo de una aguja
y acariciar la oscura noche desconocida.