Triste y dulce, un relato de Manuel Aguilar Vanegas
Manuel Aguilar Vanegas presenta "Triste y dulce", un cuento donde la depresión y la violencia familiar se entrelazan con la inocencia de una "ensalada de tulipanes" imaginaria. Enmarcado en la geografía de San Marcos y la ardiente Managua, el autor utiliza el diálogo crudo y la introspección para retratar la fragilidad humana frente a un destino que se desvanece como el humo. Una historia sobre el amor, la pérdida y la persistencia de los recuerdos que se niegan a ser borrados, incluso cuando las letras en los anuncios de búsqueda comienzan a desteñirse.
Bajo las luces de la incertidumbre. Fotografía de Víctor Ruiz
Si lloviera esta noche, retiraríame
de aquí a mil años.
Mejor a cien no más.
Como si nada hubiese ocurrido, haría
la cuenta de que vengo todavía.
Cesar Vallejos
Para Valeska BD….
Trilce y yo fumábamos cigarros todas las tardes después de salir del instituto. Decía que el humo calmaba los demonios que tenía dentro, a mí de vez en cuando solo me causaban tos. Estábamos en undécimo grado y ella conseguía los cigarros de su mamá; otras veces, cuando escaseaban, se los robaba a su padrastro.
Pasábamos la tarde en el parque central o en el otro parque cerca del estadio mirando a los skaters, esos chavalos que parecían no bañarse, dando vueltas en sus patinetas. San Marcos no es una ciudad donde alguien puede ir de aquí para allá. No es una metrópolis como las que Trilce y yo imaginábamos en los cuentos que leíamos en casa de mis padres. A veces íbamos por helados al Eskimo o a comprar leche burras a esa vieja casa que cada día se iba achicando en su comercio, ahí a lado de la iglesia. A veces fumábamos hasta tarde, porque Trilce quería hacer eterna la compañía, y volver entrada la noche a casa. Llegaba tarde y aunque siempre eso causaba una discusión con su madre, prefería eso a lidiar con su padrastro. Eso me lo dijo varias veces.
—¿Alguna vez has pensado por qué no hay tulipanes en Nicaragua?
La pregunta fue tan directa que en verdad no sabía cómo responderla.
—No lo sé —le dije para no alargar el silencio mientras encendía el cigarro.
—El clima —dijo—. Los tulipanes necesitan un clima templado y el ambiente tropical los estropea —me dijo, quitándome el cigarro de la boca mientras me contaba un recuerdo—. Yo misma he buscado tulipanes en varios departamentos. Un fin de semana fui floristería por floristería buscando en cada una de ellas un ejemplar. He llegado a la conclusión que es el clima.
—dijo mientras examinaba el cigarro. Expulsó el humo y con delicadeza me devolvió el cigarro— es este clima, esta humedad asfixiante, lo que los mata.
Hizo un silencio como si buscara las palabras antes de decirme:
—Nos mata. ¡Estúpidos tulipanes!
—¿Vos crees que el clima jode a los tulipanes? —le pregunté.
Me miró con la misma actitud con que miraba la lumbre del cigarro.
—Este clima de mierda nos jode a todos. Un verano y nos hacemos agua, te derretís por este calor hijueputa. Ni fumar en paz podés porque ya estas sudando. Hasta el culo te suda…
Tomó nuevamente el cigarro con expectación, examinando en las cenizas como si fuera encontrar eso que el mundo le debía.
—La próxima fumamos hierba —dijo sonriendo.
Y no era difícil encontrarla en la ciudad. Diego nos la vendía. Después del instituto íbamos a su casa detrás de la escuela Fernando y comprábamos una bolsita para pasar la noche riéndonos. Nos reíamos de los vecinos de la casa de Trilce. En casa de ella podíamos fumar cuando su mamá estaba en el trabajo. Era operaria en una zona franca y su padrastro CPF en una universidad. Cuando los turnos coincidían podíamos quedarnos en casa de Trilce y fumar hasta las nueve. A las cinco y media, saliendo del instituto, íbamos a buscar qué fumar y nos íbamos corriendo a la casa. Yo debía volver a la casa antes de las nueve. Mi mama era quisquillosa y no le gustaba que anduviera de aquí para allá con “La tal Trilce” Así me lo decía.
—No es buena muchacha. Mirá —decía viéndome a los ojos, con una tenacidad y con cierta preocupación en los ojos—, siempre está metida en conflictos. Algún problema debe tener. Además—
Sus ojos se estancaron en mis ojos desconfiados.
—Ese hombre que tiene su mama nada de confianza me da. Tené cuidado y vos no te andés metiendo en nada de esa casa.
Y terminó con la estocada final:
—¡¿Me oíste?!
Trilce no sabía que a mí mama no le gustaba que yo estuviera cerca de ella. Nunca se lo dije. Quizás lo sabía. Nunca me preguntaba de mi mama como yo nunca pregunté por la de ella.
Una noche me citó en la esquina del cementerio. El punto incandescente del cigarro la reveló en la noche.
—Te tengo que decir algo —me dijo, así a secas.
Sentí, como en ninguna otra noche, cómo venía brotando en ella una llamarada de dolor que se le condensó en los ojos.
—Dicen que tengo depresión —dijo mientras bajaba el rostro descompuesto.
Yo no entendí cuando dijo la frase en plural “Dicen”. Me quedé pensando en eso sin poderle decir nada. Mi madre decía que llorar reconfortaba el alma, que era algo así como una mano de costura que se va moviendo en cada herida que se forma. De manera que me quedé ahí, sosteniendo sus manos mientras el llanto decrecía en la soledad de la calle. Lloró y el temblor de sus labios botó el cigarro que se fue apagando en la indiferencia de la noche. Hasta que ella me dijo:
—La psiquiatra dice que tengo un trastorno de bipolaridad. ¿Te fijás? Este clima de mierda nos jode a todos. La mujer me lo dijo. Me lo dijo como se lo dice a alguien que tiene un catarro o una infección. Así, a secas. Tenés depresión más un cuadro de bipolaridad. ¿Y en palabras sencillas me lo podés decir? Le pregunté. Me miró como si yo fuera una enferma. ¿Lo podés creer? Me dijo un montón de cosas, con un montón de papeles. Qué hablara de las cosas que pasaban en la casa, de mi relación con mi mama, qué cómo me llevo con el estúpido de mi padrastro y de cómo iba en clases. ¿Sabés de qué me acordé?
Comentó mientras sacaba otro cigarro. Le temblaban las manos, tomé el encendedor y la llama le iluminó el rostro húmedo por las lágrimas.
—Me acordé de la vieja de biología —dijo entre sollozos—. ¿Podes creer? La vieja ojos de gargajo tenía razón. Me dijo bipolar y le armé un alboroto. ¡Y tenía razón! —se atacó en llanto— la vieja puta tenía razón.
Traté de tomarle las manos. Trepidaban en un descompás de su cuerpo. No sabía qué hacer. ¿Cómo consolás a alguien que te cuenta algo así en una calle solitaria cerca del cementerio? ¿Qué palabras debés escoger para transmutar tu ignorancia a un consuelo esperado?
—Vos sabés que te quiero —le dije—. Sabés que te quiero y que a pesar de todo me tenés a mí.
—¿Ha pensado en esto? —me interrogó.
—¿En qué?
—En Dios. Es raro a veces. Caprichoso también.
Se secó las lágrimas con los puños de la manga del suéter. Le quedaba largo, o quizás estirado, porque Trilce tenía la mala costumbre de tirar de la ropa.
Yo nunca había pensado en Dios. Escribía dios, así en minúscula porque no sabía si creer o no. Nunca tuve un atisbo de fe ni nada de eso que se le pareciera a un sentimiento. Pero ahora ella lo mencionaba, y tenía razón. Dios era un tanto raro y caprichoso. ¿Por qué jugaba con la mente de ella de esta manera tan pérfida y tenaz?
—Tengo miedo —me dijo.
Dejamos la esquina del cementerio y caminamos hasta el parque central pasando la gasolinera. Nos sentamos en una banca casi cerca de la caseta donde los lustradores fumaban hasta tarde. No le dije, pero yo también tuve miedo mientras la abrazaba. No de ella, no del momento. No. Tuve miedo de Dios en ese instante. De sus díscolos pensamientos, de su furia, de su tormento, de esa actitud apática mientras yo abrazaba a Trilce en la noche sórdida y silente de agosto.
—¿Vos has sentido miedo algún día? —me preguntó.
—Siempre —le respondí.
—¿Y qué hacés para desvanecerlo?
—Lloro —le dije.
Y lloramos hasta que la garganta nos pareció seca y sentimos las costuras del alma reforzadas, como si por dentro algo se fuera renovando.
—Mamá decía que los tulipanes son cebollas floridas —me comentó con una leve sonrisa.
—Puede ser —le dije—. Puede que sean cebollas coloridas y de buen gusto. Solo que no les han descubierto ese matiz culinario. Te imaginás. ¡Una ensalada de tulipanes!
—¿Sabés qué más me dijo la psiquiatra esa? Me dijo que es un tipo de trastorno ciclotímico. ¡ciclotímico! En la puta vida había escuchado eso. ¿Vos me viste algún día rara?
No quería responder. Para ser honesto, Trilce sí cambiaba repentinamente de ánimo. Saltaba, como saltaba de la conversación formal a la informal, de un estado anímico al otro de forma abrupta. Insistió tanto en ir a ver un atardecer. Se emocionó sobremanera cuando le dije que iríamos hasta la costa una tarde de verano. Planeó el viaje dos fines de semana antes y en el transcurso del viaje suscitó una nostalgia reprimida. Yo compré hierba en esa ocasión para fumar con ella viendo el atardecer, pero cuando llegamos había cambiado. No sonreía. Y a duras penas la hice caminar un breve tramo de la playa. Cuando saqué la bolsita para fumar se separó de mí y dio media vuelta.
—Vámonos —me dijo.
—Pero si acabamos de llegar —le refuté.
—¡Me voy sola entonces! —dijo alterada.
Vi el atardecer a través de la ventana del bus, con la bolsita de hierba y el encendedor con el papelillo en un rincón del desprecio. Trilce iba callada y cuando volvimos a San Marcos, me dejó en la parada de buses, y se fue.
—¡¿Paso por vos mañana al ensayo?! —le grité antes de que doblara la esquina.
—Vos y todo el mundo me tienen harta. ¡Dejame en paz!
La soledad de la ciudad te escupe cuando quedas varado en una de las calles con lámparas de neón sobre tus hombros, con una iglesia tristemente iluminada que te ve con desprecio desde su incertidumbre.
—Pero si todos somos raros —le dije tomándole las manos.
Qué valor iba a tener yo para decirle “Sí, Trilce, sos rara. Me trataste de hijo de puta hacía dos días. ¿Le decís directamente eso o le cambias las cosas? Decime ¿Qué podía hacer yo?
—Vos no sos raro —me dijo—. No sos un bicho raro. Sos un solitario, eso sí que sos.
Y sonrió con ganas.
—Tomás café solo, lees solo, mirás las películas… esas películas francesas que tanto te gustan, las mirás solo. No sos un bicho raro —volvió a decir—. De repente estas solo.
Me sentí desnudo. Como si hubiese sido capaz de auscultar el alma. ¿Y qué tenía de malo estar solo? Con ella me sentía bien. Ella lo sabía. El rojizo a contraluz de su cabello me daba esa paz necesaria. Por eso ella venía y nos perdíamos en los atardeceres cada domingo a fumar hierba o solo a fumar cigarros robados. Trilce sabía cada cosa y cada cosa le atormentaba después. No le gustó el rojo en su cabello y pasó al caoba, del caoba al negro y del negro al platino…
—¿Qué tipo de pies tengo? —preguntó una vez en el mar mientras esperábamos sentados el breve atardecer de un día soleado.
Juntó sus pies como tratando de que quedaran parejos uno a la par del otro.
—¿egipcio o romano?
Me miraba con esa sonrisa imperante y esos ojos fustigantes de emoción.
—No sé, egipcio supongo —le dije.
Inclinó su cuerpo hacia el mío y movió los dedos de los pies jugando con la arena.
—No me dejés sola —me suplicó—. Llevame flores cuando me muera. Aunque sean girasoles. Esas sí abundan. Pero tulipanes no. Se marchitarían y sería un desperdicio. ¡Azucenas, llévame azucenas, blancas, rojas rosadas! ¡Azucenas! "Lilium candidum, una azucena pura y blanca, como las que veía en la casa de mi abuela…
—¿Lidium qué? —la frase me sonó a hechizo.
Trilce sonrió.
—Su nombre científico —explicó y seguidamente preguntó—. ¿Y el de los tulipanes?
—¿Sabe cuál es el nombre científico de los tulipanes? ¡Tulipa! Así, tan simple, tulipa. Yo no quiero ser simple… Quiero ser alguien que recuerden. No quiero ser un tulipán.
El lunes fumé solo, en la caseta de los lustradores. Cuando uno fuma en silencio puede observar con piedad los rostros cansados de quienes vuelven del trabajo. Esperé a Trilce martes y miércoles también pero no la vi ni en el instituto ni en su casa. Las veces que pasé por su casa las puertas estaban cerradas.
“Seguro se fue al mar con Diego” y aunque eso me causó molestia y hasta cierto punto celos, no dejaba de darme un vacío su ausencia. De modo que la esperé hasta el fin de semana para escuchar su historia del mar.
El domingo me despertó mi mama visiblemente angustiada. Descubrí en sus ojos un terror escondido.
—¿Qué pasó? —pregunté entre la niebla del sueño.
—¿Sabés dónde está tu amiga? ¿Hablaste con ella anoche? ¿Se vieron?
Todas las preguntas me sabían a desgracias. Le dije que sí que habíamos estado en el parque hasta las ocho y que fuimos después por el Benito Laplante a buscar a una amiga. Comimos jocotes y después volvimos por la calle del Comal y la dejé en su casa. Eso hicimos. Mi mama se sentó en la cama como si alguien de la familia se había muerto.
—¿Te contó algo o te dijo algo?
—Nada.
—¿Seguro? —me insistió.
—Nada —dije agobiado.
Me suplicó que no saliera, que había un muerto en el pueblo. Lo sentí porque el frío de la muerte recorrió la calle. En los noticieros el rostro del padrastro de Trilce acaparaba titulares. Un silencio abrumador que se arrastró por cada casa. Pero nadie, ni mi madre me habían dicho que Trilce también había desaparecido. Nadie supo de ella ni ese día ni los otros que llegaron con los meses siguientes. Su mama la buscó en los noticieros, en la radio, en los periódicos y hasta sacaron anuncios de ella que fueron pegando en postes de luz, en San marcos, Jinotepe, Diriamba y hasta en Managua.
El rostro de Trilce en los postes se fue opacando con las lluvias de octubre, los anuncios que pedían llamar a los números si alguien la miraba se fueron poblando de otros anuncios cercanos, las letras desvaídas se perdieron entre el desgaste del papel. Así el pueblo se fue acostumbrando al vacío de los hechos.
Hasta que un día, en esos viajes hacia la UNAN en la siempre ardiente y calurosa Managua me pareció verla en una ruta que iba contraria a la que yo iba. Una muchacha, idéntica a ella, con un ramo de… ¿Tulipanes? Eso me parecieron, con unos audífonos que seguro usaba para perderse entre otro mundo. La 117 se detuvo frente a los portones de la UNAN y bajé apresurado. Cuando intenté cruzar la ruta avanzó y dobló buscando su rumbo. Juré que era ella, con el cabello corto pero sus ojos no se me olvidan. Pensé en ella mientras volvía a San marcos en esos microbuses cargados de gente con sueño.
Fumé solo. Fumé con la duda de que si esa chica había sido Trilce. Hice una aspiración profunda y ofrecí el cigarro como si estuviera con alguien más, buscando quizás el recuerdo de Trilce o el de los tulipanes y este clima de mierda que nos mata a todos.