Anatomía del oleaje

El poeta Aldo Vásquez nos ofrece una selección de textos inéditos; desde la mitología íntima que habita en la piel de una mujer hasta el desencanto amargo de las palabras que envejecen con nosotros, los versos de Vásquez transitan entre el naufragio existencial y la belleza más indomable.

El vuelo de las golondrinas (1913) de Giacomo Balla


 

Etimología del deseo

Con ese nombre tuyo tan pequeño
Ángel González

Tu nombre proviene de la leyenda guaraní

sobre la princesa que trascendió

gracias al fuego español.

También significa “la más pequeña” 

y es el nombre de una flor roja.

Se cree incluso que tiene un origen persa:

“Anahita”, diosa de la fertilidad. 

 

En todo caso:

Tus ojos son lágrimas obsidianas

dignos de alejandrinos que nunca haré.

Pues los cristales y rocas preciosas 

hieren las caricias con sus ángulos perfectos,

en cambio, tus formas de mujer 

son parábolas que invitan al goce

de las manos y las palabras.

 

Descubro tus piernas torneadas

como si en ellas reencarnara la antigua diosa persa

dándome el agua de la vida

del cáliz de seda de tu velado templo.

 

Descubro tus senos constelados por lunares

como pétalos de flores rojas

lanzadas para poblar 

el vasto espacio que deja tu ausencia.

 

No importa el origen de tu sangre

o la grieta que cobija mis pasos.

No importa el credo que viste tu silueta

ni la debacle de mi espíritu.

 

Al final del día  se trata de dos cuerpos. 

Dos soledades que trazan y desandan la distancia

bajo nuevos soles y nuevas lunas

y al fondo nos observa el mismo  mar del cual salimos

antes siquiera de conocer nuestros nombres.

 

 

 

Desnudez de muchacha 

“... cráter que me convoca con su música íntima, con esa
indescifrable llamada de tus dientes.”
 
Vicente Aleixandre

 

Hablamos de tu cuerpo como se habla del clima:

 

especulamos el curso de tu boca,

predecimos la marea de tus caderas

que desbordan las miradas,

evaluamos la improbabilidad 

de una tormenta de tu piel

sobre las tierras áridas del deseo.

 

Hablás sobre la pureza 

olvidando que la nieve

algún día tornará de blanco

el río que desemboca en tus nalgas.

Pero todo es incierto si se habla 

de la belleza de una mujer 

y en especial, la tuya:

 

Tiene carácter de volcán.

Sus labios hienden el aire

y dejan jirones de voluntad,

sus ojos atraviesan montañas de hierro

y sueltan el nudo del cíngulo.

 

Tu boca riega semillas 

que germinarán bajo mis párpados,

tus piernas se abren como alas

bajo el pesado manto de la noche.


 

 

Desperezamiento de Venus

 

Estás sentada al centro de la cama

las sábanas son un capullo de espuma

sos una flor de carme en las sombras.

Tu cabello desprende perfume 

por toda la habitación. 

 

No hay ángeles que sostengan tus hebras 

de miel sobre el relieve de tus senos

constelados por dos luceros de azúcar.

No hay una deidad que corra a cubrir tu desnudez

porque tu belleza no puede domesticarse, 

su galope recorre mis venas.

 

Nacés debajo de mis párpados

tus pisadas llueven sobre mi cuerpo,

soy la arena que se abre a tu paso

soy la ola celosa de tu piel

soy el lecho donde reposa 

tu cuerpo cuando tomás forma humana

y te llamo hermana, pequeña costilla

que calienta mi errabundo caminar.

 

 

 

El gran poema de la resaca

  

Tomá café,  

entrá en el baño y abrí la llave.  

El agua no apaga tu fuego  

aunque te reconforte.  

Las hormigas que drenan tus sienes  

caen congeladas sobre el piso.

 

Escupí el agua  

sin expulsar la agridulce memoria  

de la noche anterior,  

la dulzura de las carcajadas  

las ásperas verdades a bocajarro  

que hoy lastiman tu garganta,  

son vasos rotos, el impuesto  

sobre la felicidad adquirida.

 

Volvé a la habitación  

tomá la primera camisa y pantalón,  

ponete los zapatos que ya conocen  

el camino de memoria.

 

Observate ante el espejo  

cuál princesa absorta en su vanidad  

y salí en su búsqueda.  

Cruzá la puerta, la calle,  

dejá atrás los rótulos.  

Solo tomá el dinero,  

pues ningún barquero te llevará gratis  

a los caminos de tu ensueño,  

a los que escapás cuando tus párpados  

se cierran a mitad de la jornada.

 

Recorré el sendero:  

las nubes te cubren  

los árboles te observan  

mientras un perro guía tu camino, 

pues ambos son animales  

esclavos del olfato.

 

Una vez en la cumbre  

lee aquel libro de poemas  

al que siempre regresás,  

ese en que te parece ser el protagonista lírico  

como un satán prometéico o  

un apóstol por conveniencia:  

 

Relee el cómodo verso, recita el poema…  

Ya nada es igual, la palabra huye,  

la cadencia no es la misma.  

Ahora el poema es la reconstrucción  

de viejas escenas,  

el poema y vos han envejecido juntos,  

han adquirido el tono sepia del ayer.  

Renunciás al ingenuo, al romántico, 

al realista, al vanguardista: 

ya ningún credo importa.

  

Porque el poema es ajeno a vos,  

porque las palabras son como el vino:  

Amargas, aunque elegantes siempre.  

Una vez en la cumbre 

embriagate con cerveza y poemas  

al son del viento, al son del vulgo,  

al son de las caderas de la amante

de turno, al son de las risas y las canciones  

de la roconola que hace veinte años  

acompaña tus pasos errabundos…

 

Y gozá de esos versos tan conocidos

que escupen nuevas verdades

y por un momento nos hacen creer 

que la próxima marea será mucho mejor,

porque todos los finales se parezcan tanto entre sí

aunque las palabras se fundan una y otra vez

en una nueva noche de copas.

 

 

 

Poema viajero

 

Las olas del mar y

su espuma imprudente

se adhiere a la piel

sus caricias de sal

sus recuerdos calcinantes

sobre las espaldas del mundo.

 

¿A cuántas manos nos hemos aferrado

cuando las olas embisten?

¿Cuántos rostros hemos besado

cuando explota la marea?

Mis manos poseen tus muslos,

tus piernas rompen las olas

y tus dedos recorren mis costillas

cuando la espuma azota con fuerza.

 

Nuestra unión intenta sostenerse

ante el oleaje de milenios,

hemos sido azul horizonte

y negra tempestad al mismo tiempo.

Hemos sido certeza y naufragio

en distintas historias.

 

No hay cartografías exactas

solo la corazonada que guía a los labios

por el oleaje de tu cuerpo.

No hay bitácoras confiables

solo hay recuerdos

fosilizados en la memoria de los veraneantes.

 

Porque todas las palabras del amor y la dicha

viajarán como cadáveres de tiempos pasados,

repitiendo su errabunda suerte

cubrirán a los bañistas de próximos veranos

al pretender ser estatuas de caricias

desafiando a las olas

como helénicos dioses ya extintos.

 

 

 

Para un poeta veinteañero

 

De todos los vacíos aciertos

y las soñadas derrotas

hay que evitar algunos recuerdos 

al escribir:

 

El final de la película que conmovió tu adolescencia,

el personaje que cruza un mar de plata

y los amigos que se despiden en un puerto.

 

Esa carta que nunca escribiste

la palabra que abortaste,

el patetismo de la culpa 

y la necesidad del perdón.

 

Cuando la nostalgia edulcora el pasado

y el rencor viste de oro el futuro,

hay que alejarse de la seguridad del ego

y de las fauces de una fingida paz.

 

El poema, entonces, 

se revelará como una pregunta en la noche

sin ninguna respuesta

sin ningún consuelo

sin una bandera blanca en medio del insomnio,

porque el poema no es una recompensa,

no es un pacto entre Dios y el hombre.

 

Es una caja negra, 

oscura e indiferente

que va a la deriva como las hojas

y a su paso deja un rastro de cadáveres

de los tercos náufragos 

que buscaban la ciudad perdida bajo el mar.

 

 

El galope de Ícaro 

 

Thunder and spark in the Heart of the Dark
I hear a Rising Force
 
Yngwie Malsteen

Galope eléctrico 

estampida de percusiones, 

la voz como un cuchillo de hiel 

corta la noche oscura, la noche escarchada de neón

noche calcinada por un tropel de truenos. 

 

Galope al ras del viento, 

corceles cubiertos por lorigas de oro, 

galope maniaco rasgando seis cuerdas 

galope agitado con eco diamantino. 

 

Ícaro asciende a los cielos 

sus alas dejan un rastro de humo, 

su luz inunda las simas.

Iracundo pez espada saltando hacia el sol. 

 

Ícaro hurta el corazón del sol, 

lo empala y lo exhibe en el mástil 

de una guitarra carmesí, 

sus alas despliegan signos del fuego 

los mortales arden en la gracia de las llamas. 

 

Ícaro no se arrepiente 

se yergue como un desafío a los dioses, 

Ícaro galopa e incendia las nubes 

en su elegante caballo de guerra.

 

Aldo Vásquez

Nació en Nicaragua en 1992. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAN - Managua. Fue partícipe del taller de poesía del Centro Nicaragüense de Escritores en 2014, impartido por el poeta Anastasio Lovo y posteriormente (2015) del taller de poesía del Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias de su universidad, impartido por el poeta Víctor Ruiz. Con el poemario "Cadencias" obtuvo el premio nacional de poesía joven Leonel Rugama 2016, poemario que se publicó posteriormente bajo el nombre "Sobre olas turbulentas de tu sangre" (Álastor, 2019). Colabora como editor adjunto en la revista Álastor.

Más del autor

Todavía sueño con bosques de caminos

Una selección de poemas de Lourdes Ferrufino (El Salvador, 1992), …

El dolor nunca nos acompaña por debajo de la tierra

Poemas de Pablo Narval, ganador del Premio Eunice Odio (2022)

Selección de «Este que habla» (1962-1964)

A medio siglo de distancia, conviene ver qué ha hecho …