El viaje, un cuento de Hamilton Sánchez Estrada
¿Qué sucede cuando un trayecto cotidiano de cincuenta minutos se convierte en el escenario de toda una vida? En "El viaje", nos sumergimos en un relato donde las fronteras del tiempo y el espacio se desdibujan dentro de una unidad de transporte entre Granada y Managua. A través de una narrativa que transita entre lo cotidiano y lo fantástico, el autor nos presenta un bus que se transforma en hogar, testigo de nacimientos, muertes y el paso de los años, mientras los pasajeros permanecen atrapados en un bucle existencial del que parece no haber salida.
El bus en el que viajo sale de Granada con destino a Managua y viceversa. Por lo general, tarda unos cincuenta minutos en llegar a la terminal y, si hay tráfico, una hora. Todas las mañanas, antes de bañarme, me preparo un café y le mando un mensaje a una amiga con la que viajo siempre. Al llegar a la terminal, ella ya estaba ahí; nos montamos al bus y nos sentamos juntos. Ella puso su mano sobre mi pierna y yo apoyé mi cabeza en su hombro. Me quedé reposando mientras escuchaba cómo la gente se subía y platicaba sobre sus vidas y las de otros. En unos minutos todos los asientos estaban ocupados: era hora de irnos.
Por la ventana se veía el parque y la gente colocando sus puestos de venta. En Granada el comercio se mueve desde temprano, ya que es una ciudad turística, y es muy común ver extranjeros que visitan las catedrales, el lago y las isletas. También se veían los cafés abiertos, las comiderías y los supermercados donde compra la gente de clase media-alta. Estos supermercados son enormes, pero considero que la única diferencia que tienen con el mercado común son los precios y el hecho de que la gente entra con la cara más destapada.
Detrás de mí, dos señoras conversaban sobre la situación de la canasta básica y cómo subía de precio cada día. Una de ellas comentaba que el salario mínimo ha aumentado; sin embargo, los comerciantes seguían subiendo el precio de los productos y, por eso, no se sentía ningún avance. Los conflictos políticos habían afectado la economía hace unos años y ahora hasta un suspiro costaba tres pesos más. También mencionaron un accidente de tránsito en el que un hombre que conducía un Peterbilt aplastó a una anciana que cruzaba la calle. La discusión se centraba en juzgar el hecho: una pensaba que el hombre debía quedar libre porque fue culpa de la anciana, ya que no utilizó el puente peatonal; la otra decía que la culpa era del hombre y debía estar preso por haber matado a una persona. Dejé de escuchar y decidí dormirme sobre el hombro de mi amiga: percibí cómo sus manos rozaban mis dedos y escuché sus murmullos, que deseaban que sus ojos me vieran dormir y despertar siempre, y yo sonreí.
A la par de nosotros, una pareja de jóvenes se besaba, pero de repente comenzaron a pelear. Todo comenzó porque ella descubrió que otra mujer le enviaba mensajes eróticos a él y, al parecer, él respondía igual. El muchacho se defendía diciendo que era una prima y que se trataban así porque se tenían confianza, pero la muchacha contraatacó diciendo que, al final, él era libre de hacer lo que quisiera. De golpe, un grito salió de los asientos de atrás: ¡Tenemos una hora en marcha, esta cosa no se detiene y aún no llegamos! Una señora del asiento de adelante tuvo un ataque de pánico, pero una muchacha la atendió y se calmó. El resto de pasajeros, que parloteaban eufóricamente, se calló. Parecían no haberse dado cuenta del hecho hasta que alguien lo mencionó, como si ignorarlo significara que todo estaría bien y que lo ocurrido se convertiría en la alucinación de un viaje eterno. Como si los semáforos en verde y las puertas y ventanas selladas fueran una artimaña de sus mentes para hacerles creer que no hay escapatoria y que debían permanecer encerrados sobre un cuerpo medio vivo que no deja de correr tras el tiempo.
Al pasar la primera hora, parecían haber aceptado la situación. Yo, la verdad, me sentí emocionado porque iba a pasar más tiempo con mi amiga; sin embargo, ella no parecía contenta porque sus padres son muy estrictos y los debía llamar en cuanto llegáramos a la universidad.
Una muchacha se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. Después de un rato se detuvo y preguntó cuántos de nosotros teníamos agua y comida. Un quejido la interrumpió diciendo que ya pronto íbamos a llegar y que no pensara cosas que no eran, que era imposible que el bus no se detuviera. Al pasar otra hora, un pasajero dijo que quizá no estaba mal la pregunta, que también pensaba que era imposible que el bus durara más de tres horas sin detenerse y, sin embargo, ya llevaba más de cuatro horas. Entonces, alguien dijo que debíamos prepararnos: una señora puso una botella de agua, al igual que varios; otros pusieron el almuerzo que llevaban al trabajo; yo puse unos caramelos, mi termo de café, y mi amiga puso agua y algunas galletas. Todos esperábamos llegar pronto, pero no fue así. A la una de la tarde, la comida recolectada se repartió entre los niños y los ancianos. A mí no me preocupaba comer; prefería que otros lo hicieran.
Mientras tanto, yo hablaba con mi amiga: trataba de decirle que quería sentirla como en un sueño, pero ella seguía hablando sobre sus experiencias en la iglesia. Decía que un padre le escribía en las noches. Eso es entendible; no creo que exista un hombre que no se enamore si la ve. También me hablaba de las veces que les ha mentido a sus padres para poder salir. Creo que lo hace por la sobreprotección o la desconfianza; no lo sé. Además, afirmaba que la mayoría de jóvenes con padres así siempre encontraban la manera de hacer lo que querían sin que nadie se diera cuenta. Cuando ella hablaba, el bus parecía estar vacío y su voz era lo único que se escuchaba entre los asientos.
Notamos cómo la oscuridad aparecía y, con ella, nacieron ruidos desde diferentes partes del bus. Algunos aprovecharon la oscuridad para llorar y otros para amarse. Entre los llantos y gemidos también se escuchaban golpes, risas, gritos y aplausos. Un hombre, al escuchar los sonidos, encendió una linterna y descubrió que uno de esos ruidos provenía de un asiento con dos hombres y una mujer. Los hombres se molestaron y comenzaron a gritar, y el otro hombre respondió golpeándolos mientras les escupía que eran unos asquerosos y desgraciados.
Al amanecer, alguien nos despertó a todos con una pregunta que nadie se había hecho:
—¿Cómo vamos a conseguir comida?
Pasó la mañana y, cuando casi era hora del almuerzo, un señor propuso que los más jóvenes debíamos sacar la mitad del cuerpo por la ventana y que los hombres adultos debían sostenernos. El plan era arrebatarles los productos a los vendedores y, al cabo de la una de la tarde, el bus estaba lleno del olor a cajeta de coco y de leche, caramelos de maní, manjares de leche, mangos y chicha. Repartimos la comida mientras la risa nos contagió a todos. Pasaron cuatro semanas y, para entonces, ya era familiar escuchar gemidos, peleas, llantos, risas y buscar alimentos por la ventana.
Mientras miraba el interior del bus, me vino el recuerdo de algo que ocurrió una semana atrás: entre los gemidos escuché a una mujer que recibió el mensaje de que, debido a su desaparición, su hijo se había suicidado. La mujer lloró y gritó sin parar, pero nadie le prestó atención porque escuchar gritos y llantos era muy normal. Cuanto más escuchaba a la pobre mujer, más apretaba la mano de mi amiga y ya después no supe más. En la mañana la encontraron muerta. Nadie supo si murió de tristeza, si su hijo se la llevó o si se había suicidado. La decisión de los pasajeros fue tirar el cuerpo por la ventana, pero antes se rezó el rosario y se realizó el acto fúnebre. Otros cuerpos se sintieron entre los pies. Nadie sabía quiénes eran y, en su piel, se apreciaban aberturas y señas de lucha. Quizá sus rostros morados querían decirnos algo, pero nunca lo sabremos.
Pasaron cuatro meses y la pareja de jóvenes anunció un embarazo. Todos nos alegramos y nos pusimos de acuerdo para conseguir más bebidas y comida para festejar. Durante la celebración, decidimos que íbamos a decirle “papá” al señor que siempre ideaba los planes. Todo marchaba con normalidad: se habían asignado turnos para limpiar y conseguir alimentos y se habían conformado nuevas parejas; el ruido cada vez era menor; los asientos que solían rechinar ya no lo hacían y cada día sobraba más comida que antes. Hasta que la nostalgia de alguien contagió a todos y muchos empezaron a extrañar a sus seres queridos. Se sentía en la espesura del aire, tanto que las ventanas parecían querer abrirse a llorar, y el calor de ayer sofocaba un poco más hoy.
Veía rostros de personas con las que viví: los entrecejos arrugados, ojos que solo me miraban a mí, bocas que me hacían entender que los errores tienen vida propia y que fuera de casa sí hay juguetes y comida. De esa gente nunca me llegó un rumor donde mi nombre estuviera, al igual que a ellos no les llegó mi olor a orfandad y aburrimiento que me hacía escapar de ellos. Vivía solo, lejos de casa y de todo lo que ella significaba: sus festejos, sus buenos deseos, sus raíces. Nunca fui merecedor del regalo de la abuela ni del beso de buenas noches de mi madre. Les dije a todos que debíamos aceptar los hechos sin cuestionarlos, que estaba bien extrañar, pero los recuerdos siempre nos engañan, haciéndonos creer que lo mejor ya pasó.
Transcurrieron los meses y llegó el nacimiento del bebé. A la embarazada la acostaron en el piso del bus y, con ayuda de otras mujeres, pudo tener a su hijo. Mientras eso ocurría, vino a mí una mujer, seguramente la difunta, quien me confesó que algunos pasajeros intentaron escapar saltando por las ventanas, pero estas, al igual que la puerta, nunca se abrieron. Su voz parecía acusar las atrocidades que ocurrieron en el bus, como una premonición del final, pero había tanto ruido que la perdí en el aire y, cuando intenté ayudarla, era demasiado tarde.
Llegó el primer cumpleaños del niño, luego sus primeras palabras y, cuando ya hablaba bien, empezó a llamar abuelo a nuestro papá y tío o tía a casi todos. Por primera vez sentí lo que era una familia: los abrazos, besos, pleitos y festejos se sentían como un hogar. En medio de ese sentimiento recordé mi antigua casa: mis cosas, mis almohadas, mi guitarra y las sábanas que usaba cuando mi amiga llegaba de visita, y entonces quise volver.
Cerré mis ojos por un momento y, al abrirlos, vi a mi amiga sonriendo. Me dijo que estábamos en Metrocentro; eso significaba que pronto llegaríamos a la terminal, pero de nada servía porque afuera todo había cambiado. El bus se aparcó donde siempre y todos se despidieron; algunos hasta lloraron. Parecían no saber adónde ir. Mi amiga y yo nos fuimos a esperar otro bus y, mientras esperábamos, le dije algo, pero parece que no me escuchó… Quizá todavía no hemos llegado.