Flashback

Una selección de poemas de Josué Andrés Moz (El Salvador, 1994), entre ellos algunos exclusivos para Álastor

La cascada por Víctor Ruiz

Revelación

 

Quizá la primera gota de sangre sobre mi camisa
fue la última estrella que calcinada
brillaría en el prisma de mi infancia 
como una señal siniestra 
de que estos lamentos
jamás abandonarían mi costado

 

Recuerdo a mi madre al otro lado del muro
masticando la muerte de mi hermano cada noche
para que el musgo amargo

no creciera amarrado con su agonía sobre mi carne

 

También recuerdo que mi padre era ajeno a esta cruz
y que sus palabras eran látigo certero frente a las mías


A estas alturas en que padezco mi soledad
aún escucho el perpetuo reclamo de mi alma
porque mis brazos siempre fueron demasiado cortos
para acariciar los restos de su ternura

 

Ambos tiramos los dados
y jugamos a sepultar nuestros puños en la mirada del otro
y a fundar bosques de sangre alrededor de nuestras pupilas

 

Veo cómo crece el más pequeño de mis hermanos
y tengo miedo de que esta herida perfore hasta su hueso
y que aún en la compañía de mi abrazo comprenda 

que siempre ha estado solo.

(De ‘’Carcoma’’, 2017)


 

Babel

 

Tu vientre 

siempre fue una república de lenguas predestinadas al exilio

 

Tus manos 

estrellas calcinadas en la madrugada de los perros

 

He aquí la oscura carne habitando los pasillos de mi memoria
 

La costra en las rodillas 

de quien se inclina ante el recuerdo de tu sexo

como ante una catedral que derrumbaron los años.
 

(De ‘‘Carcoma’’, 2017)




Siete mondeas de bronce para negociar la ternura*

 

I


Derramo flores en tu nombre 

así escucho la declamación de la lluvia 

como un río crecido arrastrando piedras enormes.

II

 

Escribía mi oración en tu cuerpo: 

espigada tristeza creciendo del cielo hacia mis hombros.

III

 


Tu cuerpo habla en mi boca. Me embriaga. 

La palabra es sinónimo de posibilidad. 
 

IV


Mis cartas te llegarán con las disculpas de no querer seguir con la ruleta rusa; 

yo soy mi corazón botánico.


V


Esta canción tuya de siempre

que cruje con el árbol y el resto de las cosas, 

el pálido rostro perdido en los ojos del vacío, 

donde ya la vida podría echar sus raíces

como una brasa nupcial,

como lumbre de jadeíta desatada en las venas del aire.

 

Esta canción tuya de siempre: 

todo un sistema de oscuridades.
 

VI

 

La media noche

detuvo sus andares 

y vuelve a nacer para siempre.

 

Yo quiero besar 

tu pezón derecho rosado como amanecer sin lluvias,

tu silencio como piedra roja escondida.
 

VII

 

Adónde estará mi corazón que te llama incansablemente. 

 

En mi sueño usas otro nombre 

y la arqueología pura de la luz. 

 

Ven y apura las flores. 

Hay un cielo que dibuja insospechados laberintos. 

 

(De ‘‘La catedral de babel’’, inédito)

 

* Compuesto por fragmentos de poemas de autores salvadoreños: Roberto Laínez Díaz, Javier Alas, Carlos Clará, Alfonso Fajardo, André Cruchaga, Claudia Meyer, Krisma Mancía, Laura Zavaleta, Róger Guzmán, Alberto López Serrano, José María Cuellar, Rolando Costa, Ricardo Lindo, Francisco Andrés Escobar, Heriberto Montano, Vladimir Amaya, Miguel Huezo Mixco, Carlos Santos, Osvaldo Hernández, con mi cariño y admiración para ellos.

 

 

 

Balance general del fracaso

 

When you look at me like that, my darlin', what did you expect?

I'd probably still adore you with your hands around my neck

Artic Monkeys

 

He amado lo suficiente

como para comprender los principios del odio.

 

Respiro tu nombre. Busco tu rostro

y nada me devuelve esa mirada de piedra,

ese fantasma que devora mi ternura detrás de los cristales.

 

Algo de labios he besado a través de tu sombra,

a través del fino retrato que intento sostener en mis palabras.

 

Tiemblo. Nada es de nosotros. Nada pertenece al futuro.

 

Alrededor 

únicamente la vieja secuela de tu asombro,

esa colección de palabras que todavía permite imaginar el verano.

 

He inventado tantos días parecidos a tu desnudez,

recordado aquellas viejas certezas que pronunciaba la carne.

 

Entre la arena contemplé la duda,

bajo una lengua de agua escuché la verdad; 

 

es transparente el hilo que nos sostiene

y gruesa la raíz en que la costumbre imita nuestros nombres.

 

Veo amanecer un cuerpo a mi lado

te veo amanecer imitando la noche,

emulando el silencio,

dando la espalda de cara al vacío.

 

He amado lo suficiente.

 

He amado como merece la derrota

una vez que pasan los años

 

y se comprende finalmente:

de dónde es que viene la sangre.

 

(De ‘‘Cajas negras’’, Inédito)


 

María

 

María entrégame tu corazón entre la niebla

tu palabra lluviosa & de entraña limpia

 

(Permíteme asistir a este ritual para el que siempre es tarde)

 

Hoy tengo ausencia empozada entre mis dedos

demasiada herida amanecida entre mis horas

 

(Mi llama es una blasfemia cuando no toca tu cuerpo)

 

¿Quién habrá de nombrarte con una lágrima en la tierra

con la fatiga de los días rompiendo palabra como a columna?

 

No te espera mi beso sino desde la soledad

no te abraza mi sombra sino desde otro cuerpo

no se abre furioso mi pecho sino como una rosa

 

Roja plegaria eres a través de mis ojos

(Cuando mi boca nace donde termina tu sexo)




 

(De ‘‘El libro del Carnero’’, 2021)


 

Krokodil

Hoy comienzo a escribir como quien llora.
Antonio Colinas

Odio el nombre de mi país por no poder salvarme
William Alfaro

I

  Primero dios,
      segundo dios,
            tercero dios…

                             Abro mi garganta.

Juego con la voz de mis amigos muertos,
pronuncio —animal adentro—
el abundante sargazo a las orillas de mi sangre.

 

Alguien clava su cuchillo:
extraviado espejo de la infancia,
limpia marca del derrumbe.

 

En alma dislocada bajo todos los puentes
los hombres entienden que es inútil encariñarse de los pasos perdidos.

II

Mi país tiene un nombre que no le pertenece
unas piernas rotas para correr tras el amor
del dios: eternayamargamentedormido,
para permanecer en una bolsa plástica,
y desayunar escuchando el concierto de los gusanos,
para volverse olvido en el olvido,
armario del silencio,
cadáver sepultado a veinte metros de casa.

 

Putrefacta mi sangre buscando la tuya
celebrando mi funeral
antes de que nadie encuentre mi cuerpo,
antes de que todos lloren el tuyo

(tu cuerpo sobre el asfalto,
con toda la rabia del hombre
con todo el amor de dios)

Tierno siempre dios,
tierno su abrazo de plomo, su beso de alambre,
su lengua piadosa lamiendo orfandades.

 

Todo es un regresar a través de los pasos,
                                                (mil novecientos ochenta – mil novecientos noventa y dos)
  un viaje inconcluso por la espalda de la bestia,
  un desierto bífido, un colmillo roto de coyotes en la sangre,
  una vigilia inútil de madres esperando escuchar el golpe de la puerta,
  un amanecer con ramos de brazos en el jardín,
  un hematoma en el ojo derecho, el puño cerrado de tu padre,
  los trece segundos en el suelo, las costillas rotas, la boca azul,
  la vecina que mandó a su hijo a morir en otro país,
  las primeras cuarenta y ocho horas en bartolinas:
                                              los diez miligramos de desomorfina al jalar el gatillo.

 

(De ‘‘El libro del Carnero’’, 2021)

 

Las viejas costumbres

 

E̶l̶ ̶S̶a̶l̶v̶a̶d̶o̶r̶ ̶r̶e̶c̶o̶n̶o̶c̶e̶ ̶a̶ ̶l̶a̶ ̶p̶e̶r̶s̶o̶n̶a̶ ̶h̶u̶m̶a̶n̶a̶ ̶c̶o̶m̶o̶ ̶e̶l̶ ̶o̶r̶i̶g̶e̶n̶ ̶

y̶ ̶e̶l̶ ̶f̶i̶n̶ ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶a̶c̶t̶i̶v̶i̶d̶a̶d̶ ̶d̶e̶l̶ E̶s̶t̶a̶d̶o̶,̶ ̶

q̶u̶e̶ ̶e̶s̶t̶á̶ ̶o̶r̶g̶a̶n̶i̶z̶a̶d̶o̶ ̶p̶a̶r̶a̶ ̶l̶a̶ ̶c̶o̶n̶s̶e̶c̶u̶c̶i̶ó̶n̶ ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶j̶u̶s̶t̶i̶c̶i̶a̶,̶

 ̶d̶e̶ ̶l̶a̶ ̶s̶e̶g̶u̶r̶i̶d̶a̶d̶ ̶j̶u̶r̶í̶d̶i̶c̶a̶ ̶y̶ ̶d̶e̶l̶ ̶b̶i̶e̶n̶ ̶c̶o̶m̶ú̶n̶. 

Artículo 1. Constitución de la República de El Salvador

 

«Amo tanto a mis hijos que nunca me atrevería a traerlos al mundo.

 Amo tanto a mis hijos que nunca me atrevería a traerlos al mundo.

 Amo tanto a mis hijos que nunca me atrevería a traerlos al mundo». 

 

Por la lengua de la espada se desliza la sangre:

  hay cabezas de niños dando vida a la balanza,

  la mujer calla, es rígida, inmóvil,

  tiene los ojos cerrados y sonríe para nosotros.

 

Este es un país solamente para viejos.

  Nunca nos dejaron ser niños,

   siempre nos dieron sangre, canas,

   calendarios para nuestras lenguas,

   tatuajes de tinta cortada, pañuelos para nuestros días,

   siempre nos dieron el fuego,

   cosecharon el limón más jugoso para nuestras llagas,

   cada noche nos entregaron los besos que nunca deseamos conocer.

 

Saliva oscura hay de los sedientos,

fiebre de los amantes del cuerpo de Cristo.

 

Y nunca les bastó el cuerpo de Cristo entre las manos,

y no son sino los avemarías el perdón para la sombra,

para el animal hambriento, para el diente que rompe el nervio.

 

Ritual desnudo, ceremonia que oscurece los rostros,

que parecida a serpiente recorre las piernas,

y quebranta faldas como la muerte hace con los párpados

 

(la inocencia queda en la placenta, en el frío, en la niebla,

en algún basurero oxidado a diez años de nuestro llanto)

 

Una mano es capaz de desmoronar los besos,

de triturar con sus dedos el calor de todos los abrazos.

 

Sólo espaldas frías nos dieron

 sólo dulces para cosechar la rabia,

 algunas monedas, algunos juguetes,

 algo de compasión privada para aprender el oficio

 de fermentar en silencio nuestra amargura,

y seguir visitando a nuestros tíos,

y seguir viviendo con nuestros padres,

y seguir la cansada rutina de sonreír al esposo de nuestra madre,

y guardar los cuchillos bajo la almohada

                        como un gran secreto familiar.

 

Allí está el retorno, 

en la voz del sacerdote al dictar la misa,

en las lenguas artríticas de viejas que gritan:

«aleluyamén, diosbendiga, ruegapornosotros

y niñaustedtienelaculpa, muy cortita la falda,

porque el hombre es hombre y el diablo es diablo»

 

Sólo vientres rotos nos dieron,

 una cita con bisturíes en el quirófano:

 la doble sentencia de ser culpables

 por extraviar nuestra infancia

 en algún hematoma de la memoria.

 

Nos escupieron el rostro,

nos dejaron masticando sus muertos,

nos obligaron a parir a sus hijos,

cultivaron la ceguera en sus reinos,

y nos cerraron la puerta con doble llave,

nos espiaron desde las ventanas tranquilamente

y nos vieron contar una por una

las arrugas que nos escribieron en la sangre.

 

(De ‘‘El libro del Carnero’’, 2021)

 


Mister Cop

A Carla Ayala y Daniel Alemán

No necesito calzar su uniforme para hablar de la muerte

ni conocer el oscuro abecedario que le besa los dientes, señor policía.

 

Dígame entonces

qué hacemos con sus tatuajes, 

dígame

dónde esconder la dentada silueta de su miseria, 

qué hacer con esa tristeza de no poder meter sus manos bajo mi falda,

de no poder llevar mis tacones,

con esa rabia luminosa que lo hace querer romperle los dientes a mi hermano.

 

Perdone, señor policía,

que sea tan directo, 

perdone mi tristeza.

 

Perdóneme, señor policía, por no ser uno de sus muertos,

por no sonreírle trágicamente a sus compañeros en la patrulla,

por no estarme pudriendo en bartolinas,

por no dejarme fabricar las pruebas necesarias, 

por no agachar la cabeza y caminar bonito frente a su sombra

de un metro treinta, de un metro ochenta.

 

Acá la noche se nos mete por los pulmones,

acá los billetes tienen el rostro de lo que hemos perdido.

 

No necesito los cuchillos, 

no necesito los balazos,

no necesito verlo agitar su soledad en el asiento del copiloto.

 

Míster cop-burbuja negra-the polismen,

¿Cuántos gemidos le caben en la punta de la bota?

¿Cuántas cicatrices dormidas lleva en el eco de sus manos?

¿Cuántos desiertos han tejido las arañas en la boca de su mujer?

¿Cuánta ausencia soportan los delgados huesos de su hija?

 

Yo lo conozco, señor policía,

no necesita taparse el rostro para mí,

no tiene porqué arrodillarse frente al Cristo,

ni llevar más ceniza en su frente que la que lleva en las manos,

no necesita demostrar que nació con alacranes en los ojos;

yo escucho desafinar esa canción desde que desapareció a su compañera,

yo conozco su dulce ritual de sangre,

yo sé de la potencia hidráulica de sus mandíbulas.

 

No se preocupe, señor policía,

yo traigo mis propias bolsas negras

para ahorrarle el gasto

y las molestias.

(De ‘‘El libro del Carnero’’, 2021)

 

Cinco fotógramas de lluvia para despedir el invierno

La luna

siempre será menos hermosa

que la luciérnaga detenida sobre los dedos.

Ríos O'Hara

 

A Stefani Martínez.

I

Mi lengua,

carretera abierta por la cual pasea tu cuerpo,

músculo sellado bajo las huellas de tu sudor.

II

El aire es capaz de respirarnos,

de nombrar con su brújula transparente

un sismo acuático:

una blanca marea de arcilla sobre las manos.

III

 

Tu ombligo,

pozo desnudo para desvestir mis labios.

IV

Mis dedos atravesando tu cuerpo;

mis dedos tan cerca de tu corazón.

V

Digo tu nombre como decir el agua,

tibio rastro de espuma a las orillas de mi voz.

(De ‘‘El libro del Carnero’’, 2021)

 

Discurso roto

(O breve autobiografía del caos)

A partir de la serie ‘‘Pulpos’’ de Efraín Caravantes

 

Hecho de nada soy, por nada aliento; 

 nada es mi ser y nada mi sentido.

 Jaime Torres Bodet

 

El niño es capaz de ver la muerte 

donde el anciano sólo encuentra el artificio.

Elías Marín

 

El cuerpo no soporta el espíritu.

 

De nuevo hablo de mi carne,

absoluta representación de la renuncia.

 

De mi costilla: el vacío. Nada nace de mí,

ni siquiera esta lágrima de piedra que se humedece en el poema.

 

Y observo,

lo hago con la ceguera de quien lo ha perdido todo

y sostengo mi corazón como quien entrega un acantilado a los niños.

 

Más allá de mi puerta:

                     ningún latido,

 

(hijo bastardo de la transparencia de los días,

único huésped de los otros que me habitan,

herida predecible para quienes han visto mis ojos).

 

¿Y hasta dónde llegará mi canto

si todos quieren hablar,

si no calla el cráneo y se rompe, 

si todos adentro escriben una fiesta con mi sangre,

si yo escribí mi epitafio allá por mil novecientos noventa y cuatro

y falsifiqué mi ternura para no arruinarle a todos mi infancia,

si la vejez enferma y los enfermos se consideran la última costilla

y no comprenden que los golpes no son sino un eterno retorno

y que cada patada en el rostro del padre

es un puño cerrado sobre los años

y una voz temblorosa que regresa con un megáfono entre los huesos?

 

De mi costilla: el vacío. Ninguna herencia para nadie.

      El círculo perfecto de todos dentro.

      El círculo perfecto de todos fuera. Y mi voz:

     este pájaro dormido que despierta a quienes lo imaginan muerto,

     la enumeración incesante, esta procesión de ídolos rotos

       y cuerpos sin rostro. Anónimo el dolor para romper la piel,

       para partir las ventanas frente a la negación de la sombra

 

  porque otras son las guerras de este tiempo, la pólvora & los perros,

 porque el cristo es el mismo desde el principio de los muertos

 

Ahora nos queda el ruido: un laberinto nunca transparente, 

la caricia invertebrada de lo que no se nombra, la mano sobre la pierna,

el juego inocente de las navajas en la garganta, de los periódicos en la sien.

¿& quién quiere salir si allá afuera es igual el aroma del fracaso?

 

No se necesita luz para comprender la rosa. No se necesitan labios para saborear el beso.

                                                          Lo que quiero decir: no se encuentra en las palabras.

 

(De ‘‘El libro del Carnero’’, 2021)
 

La hierba de los días

(Extensión de un epitafio)

Hace apenas días murió mi padre,

hace apenas tanto. […]

 Hoy no es como otras lluvias

hoy llueve por vez primera

sobre el mármol de su tumba.

Hugo Mujica

Mojo mis manos en tu nombre, 

                                      tu nombre que es la última lágrima que encuentra mis ojos.


 

   Limpio la piedra en que descansa tu cuerpo. 

 

                             Todo es quietud alrededor; menos la memoria.

 

Algo nace de tu muerte,

ese guante imposible que se niega a las caricias,

el ciego presagio de que todo lo pronunciado tendrá raíces en el abandono. 

 

           Puedo anticipar la niebla, morder con mis horas cada esquina del vacío.
 

Mi mano lejos de la tuya, 

  tiene la forma del silencio, 

             la figura de una casa que ha dejado de respirar.

 

Al pie de las horas, una oscura placenta cobija mi rostro. Y nace de mí, un dolor primigenio, un dolor parecido al mismo nacimiento, cuando nada tiene sentido, cuando el frío es inédito, y la carne: un envoltorio finísimo de incertidumbre. Llega tu voz, ese territorio alfombrado por la espuma, como una plataforma de arena que se escapa de mi sangre. El sueño, es un paréntesis hermoso para regresar a la infancia, hacia los únicos brazos, en que todo cobra sentido. Huérfana de mí, quemo los barcos en la orilla más lejana. Giro mi rostro, y es únicamente en las piedras que el amor existe. Tu palabra es el madero en que la noche crucifica mi corazón. 

 

No hay brújulas para este invierno, ni relojes capaces de terminar con el naufragio.

 

                     Vidrios.                              Tiempo.                Labios en otra habitación.  

 

El vinagre más denso repite las fechas, 

                                                            tu paso, 

                                                            el rostro cansado hacia el final de la tarde.

 

                                                             Mar adentro: sostengo tu recuerdo

                                                                           seguro entre mis brazos

                                                     como el hijo más ligero       de todas mis heridas.

 

(De ‘‘Cajas negras’’, Inédito)

 

Nocturno del tiempo

Abrazo a la espiga del tiempo,

mi cabeza es una torre de fuego.

 Adonis (Ali Ahmad Said)

Al filo de la madrugada 

yo besaba a una mujer distinta;

 

era mi corazón una caries 

en la dentadura invisible de la noche,

 

y mis manos 

otra forma de nombrar la inercia.

 

En medio del desierto

mastiqué la arena e imaginé tu cuerpo

tu cuerpo que es caricia en el bostezo más lejano de la sed.

 

En medio de la sequía, del cactus, 

al otro lado del espejismo:

todos los cristales contenían un lenguaje

semejante a la coreografía que aprendieron nuestros labios.


De allí,

que mi boca fuera sorda ante otras bocas,

que mi lengua fuera ciega frente a otra saliva,

que la nieve recorriera mis manos si no encontraba tu cintura.

 

Estás, de nuevo, 

diminuta, caminando sobre mi pecho,

descalza en contra de la memoria, 

huyendo 

de la última sonrisa que te pudiera encontrar.

 

Más adelante,

el amor es una fractura en la sangre,

un coágulo oscuro hecho de nombres,

una bandera que yergue su orgullo en el fracaso,

un poema recurrente que no termina de dibujarse frente al mar.


 

Te veo sonreír, lejana, ante la tumba de todas las promesas;
allá adentro, sólo el insomnio es capaz de reconstruir tu desnudez,

y regresar hasta mi ternura, la última lágrima que recostaste sobre mis dedos.

 

A lo que resta de mi voz: la habitan los perros,

y es mi boca una ciudad que se abre contra el vacío,

una catedral en que nadie podrá volver a doblar sus rodillas.

 

Este amanecer de cuchillos lleva tu nombre,

y es apenas perceptible el aroma en que los días

terminaban con mi tacto inaugurando tu respiración.

 

Te veo escupir la mañana

asomada en el abismo de otra sangre.

 

En esta página

he calcado esa memoria 

que buscarás sepultar bajo toda la espuma,

en medio de los vasos que anegan tu reflejo.

 

De esto habló en algún momento la ceguera;

el oro de los tigres es una doble silueta que se apaga,

una invertebrada carretera en que nacen los sismos, 

una luminosa lengua de serpiente devorada por la noche.

 

Esto es lo que se pierde entre el ojo y la página

entre la palabra y el vientre que se ha escrito

cuando todas las luces, finalmente se apagan.

(De ‘‘Cajas negras’’, Inédito)