La edad del temblor

Muestra del último libro del poeta costarricense Juan Carlos Olivas. 

Imagen: Tania P. Amez | Flickr | CC

LA EDAD DEL TEMBLOR

Dios mío 

si eres real 

haz de esta página una puerta

y dame tus manos para nombrar las cosas.

 

Hazme saber

que aún por este cuerpo, 

cercano a la ceniza,

puede caber tu voz

como una fruta al fi,

perturbadora quizás

pero embriagante,

y que puedo hacer de ti

lo que yo quiera:

bendecirte, matarte,

contemplar el largo sol

que te nace del sexo

o alabarte en un idioma 

no creado todavía.

 

Quiero saber si existes

debajo de la almohada o el camastro,

en los montazales, en la quietud de un árbol,

en la hora que se espera 

adentro de una cárcel

para tocar pieles lejanas,

sudores imposibles.

 

Mira lo que tu tiempo ha hecho con mi cuerpo;

y, aún así, gocé,

pusiste sal en cada carne que comía:

no te importó que fuese infiel conmigo mismo

y que con otros escupiera

sobre el vino y el pan,

que le tirara poemas a los cerdos,

o que con mis manos agarrara la arcilla nuevamente

y construyera un ángel negro 

para los días de lluvia.

 

Nada de esto te importó;

como tampoco hacerte el muerto

el día de mi juicio,

cuando invocaba tu nombre 

en los eriales de mis propias batallas.

 

Ahora solo quiero

caminar desnudo por esta habitación

y llamarte una última vez.

 

Yo no soy más que un arañazo en tu pensamiento, mi Señor.

Ten piedad de estos huesos que humillaste,

y has que las cosas se manifiesten lánguidas,

puras en su propia humedad,

como en un sueño se disipan

las letras de tu nombre. 

 

 

DIALECTICA DEL CUBO RUBIK

 

 

Naces, como el cubo Rubik, perfecto.

Los colores pertenecen a una sola cara.

Desde el principio hallaste la respuesta

al enigma de tu vida.

 

Más te valdría dejarte ahí,

quieto sobre una repisa de la biblioteca,

como un objeto sagrado al cual acudir

cuando se quiera contestar algo,

comprender el vacío, la otredad,

las ansias por quemarse con lo desconocido.

 

No prestas demasiada atención 

y en un abrir y cerrar de ojos

tocas algún lado de ti mismo,

imaginando las múltiples combinaciones

de un color a otro, las posibilidades 

de volver a ese estado original,

a aquel momento en que eras 

una cosa uniforme y plana,

una inmaculada forma

que nunca creyó pertenecer al caos. 

 

Entonces dejas el jugar,

sabes que a lo sumo ordenarás uno

o un par de todos tus lados primigenios

pero tendrás otros lados cuyos colores

jamás volverán a unificarse.

 

Así transcurre todo

hasta que un día dejas de intentarlo,

ya no te hace gracia el sueño de la perfección 

y abandonas el cubo Rubik dentro de tu pecho 

para que vaya empolvándose ahí,

como cualquier objeto sin importancia alguna,

como la fría deidad de la derrota.

 

 

EN DEFENSA DEL ZAPATO

 

                                                                  Barman,

                                                           zapatos para todo el mundo

                                                           ¡Yo pago!

                                                         César Young Nuñez

 

Cuando se gasten mis zapatos,

cuando mis dedos se asomen por sus orificios

y las plantas de mis pies se sientan

más cerca de la tierra debido a lo débil de las suelas,

no los regalaré ni los echaré a la basura.

 

Seguiré usándolos como el primer día

hasta que se tornen grises o yo me torne gris,

y lo único reluciente, casi nuevo, sea el camino.

 

Juro que no enviudarán jamás estos zapatos;

que no envidiaré el brillo de los mocasines 

en las tiendas de los centros comerciales.

 

Perfectos serán para mi paso

como dos perros fieles disecados,

curtidos por el sol y por la lluvia,

compañeros del barro y de los azulejos

donde un pequeño Dios tatuó sus huellas.

 

¿Acaso Dios no usó también zapatos?

No me lo imagino haciendo sus milagros,

caminando entre los corales de las playa,

                                            en uno de sus templos,

u orinando junto a mí en el baño del bar

                                   con los pies descalzos. 

Ciertamente tuvo que haber tenido zapatos

y estaban más gastados y sucios que los míos. 

 

Dicen que para humillarnos

la muerte nos obliga

a entrar descalzos en su reino.

Sin embargo, los hombres más recios que he conocido

murieron con las botas puestas:

Thoreau, Mandela, mi abuelo Mario

que no sabía escribir, pero hablaba en poesía,

pidió que lo enterraran con zapatos.

 

A veces tengo la seguridad 

de que si salgo a la calle en medio de la noche 

me lo encontraré caminando y me dirá:

El día que te sientas cansado 

             y decidas hacer una casa 

                                hazla en forma de zapato. 

 

LA CASA EDIFICADA

 

 

                                                    No tenemos casa todavía,

                                                         tenemos piedras

                                                           Eduardo Langagne 

 

Tengo treinta años y aún no tengo casa propia.

Quizás sólo este puñado de piedras que se agolpan,

como dedos sobre el vidrio que separa

mi corazón de mi silencio.

 

He vivido en los suburbios de la fiebre,

saltando de un lado a otro

de algún reloj humeante entre las lluvias

y no he podido encontrar una mañana 

el camino hacia el umbral,

la impávida puerta

que pueda en su paciencia recibirme.

 

Conté los escalones de la errancia

y aunque no venía solo

el viaje se fue colmando de rosas 

que abrían hacia adentro;

de puñetazos sobre la negra arteria de la noche,

de galerías de paredes de piel

y retratos que convalecían en el polvo.

Si por mí fuera me quedaría a la intemperie

pero ya tuve un hijo al que legar mi nada ,

me nació una esposa en la humedad 

que me demandan estrellas y una vida decente,

que me fatigan hacia la autoexplotación 

y a cantar con marimbas, risas insanas,

aquello que me finja doler o que me duela.

 

Porque merodeé bastante la locura,

porque le creí a la luz su gloria obscena,

porque tuve que dormir en el baño de un bar,

porque las cuentas no me salen 

y vuelvo a contar con algo de esperanza 

ayúdame, Señor,

a encontrar un sitio en qué vivirme,

a estrechar mis ligaduras con la tierra,

a sumergirme en el barro de unos ojos tranquilos.

 

Un puñado de piedras 

no es suficiente para edificar la casa.

Tendría que traer mi voz contraria al mar,

comerciar la madera por el fuego,

escupir el cemento de los años gastados,

medir la claridad del día

como una ausencia prodigiosa,

poner estacas en las esquinas de todo lo vivido

y con estas manos empezar,

                                              obrero de mí mismo,

a darle forma a esa cas incorpórea

en la que habitan desde ya

                                 todos mis muertos.