La novela de una poeta: Animales blancos

Naciemiento, fotografía de Manny Aguilar

Memoria y maternidad política en Animales blancos (RIL editores, Chile/Barcelona, 2024)

En la Universidad Pedagógica Nacional, en la materia “Literatura y Estudios de Género”, cuando analizamos producciones escritas por mujeres hacia fines del siglo XX y comienzos del XXI nos centramos en, al menos, dos aspectos que suelen –aunque no siempre– ir asociados: la memoria –en términos de necesidad de reparación histórica– y la maternidad. Animales blancos, si bien a primera vista mantiene cierta continuidad con estos motivos, presenta divergencias que me parece interesante resaltar. 

La novela funciona como una gran maquinaria de excavación y exhumación; el hecho de que Julia Gutiérrez Fallaci, la protagonista, sea historiadora, trae la potencia como para utilizar estos métodos de la investigación para realizar este ejercicio en el ámbito de lo público y lo privado: una excavación y exhumación que busca denunciar los olvidos y los simulacros de la historia, sus animales blancos. Lo enterrado –los cuerpos en las fosas, los muertos en la historia familiar– puede emerger gracias a la fuerza de la palabra, del testimonio (en mi opinión, uno de los platos fuertes de la novela). Las palabras no solo reconstruyen sino que funcionan como un andamiaje indispensable para exponer el simulacro. Este posicionamiento del historiador, en el intento de develar la trama confusa, contradictoria y muchas veces mentirosa de la historia, creo que no puede pensarse por fuera de la condición de migrante de Julia. Julia está en una suerte de no-lugar, entre fronteras ideológicas y físicas, así como también está en un no-lugar con respecto a la maternidad: un espacio entre fronteras biológicas, entre etapas reproductivas. 

El hecho de vivir esta especie de doble migrancia da perspectiva en el análisis de los hechos históricos y personales, pero también la deja sin referencias, por lo que tendrá que construirlas para sí. Es en este sentido en donde encuentro a la novela profundamente política, en el desarrollo y la deriva del personaje hacia una “maternidad política”, si se quiere, que funciona en el doblez de lo normativo: si usualmente es el hombre el que embaraza y abandona, aquí la mujer elige embarazarse y abandonar, quitándole al hombre el poder de decidir sobre su cuerpo. Y lo más interesante: al hombre no se le debe la verdad, la confesión sobre las decisiones que una toma, pero sí, y de manera incontestable, al hijo. La elección de maternar de esta manera es una decisión política de habitar las fronteras. Y ser madre adquiere, hacia el final, un espesor más profundo, más político todavía, en el sentido en que se descubre, al ser madre, que se vuelve a ser hija, pero de otras MADRES que también han buscado insistentemente excavar y exhumar.

El ejercicio de Julia es el de “domesticar” la falta y quitarse la muleta –la necesidad de un hombre para concebir–, algo que en los demás personajes (en TODOS, podríamos decir) funciona también como una especie de simulacro, en un intento de que pase desapercibida. Todos tienen una falta, una renguera que intentan disimular –la prima, la madre, la hermana, la amiga, Ennio, Nataliya, etc.– y sobre la que intentan no hablar, que intentan no ver. Algo sobre lo que viene a indagar la historiadora, molesta, insistente como un mosquito en la oreja. Acaso tal vez disimular la renguera sea en realidad una forma de supervivencia, no solo de nosotros como individuos, sino de todos como sociedad a la hora de contarnos la historia de nuestros pueblos, de nuestros pactos políticos, una forma de vivir con lo incómodo. La gran muleta de la historia, la gran muleta de la memoria. Lo único que me genera cierta perplejidad es la aparición de los “ruculistas” y los “patacones” en la historia. Si bien se entiende perfectamente el sentido –que se monta sobre los debates ideológicos intestinos de la nación argentina entre peronistas y radicales– me distrajo el neologismo, porque la novela insiste en construir una especie de “verosímil histórico” que aquí se rompe. 

Acerca de la maternidad, no quiero dejar de señalar el interesante desvío que toma el tema respecto de otras narrativas contemporáneas que lo abordan (pienso en el tratamiento que hacen de esta cuestión Ariana Harwicz, Mariana Enríquez, Marina Yuszczuk, Samantha Schweblin y muchas otras). Mientras en algunas de sus obras suelen pensar la maternidad en términos de mandato, como forma de unidimensionar la experiencia femenina, Animales blancos trabaja el tema como potencia, sobre todo como experiencia de libertad, de plena autonomía. 

Una última nota, más personal que crítica: la lectura de este libro fue una experiencia única. Me dejó pedaleando el final, cuando la protagonista descubre su identidad. Ahí se me embarulló el cerebro y tuve una experiencia cuasi epifánica. Sentí en carne propia la sensación de arrebato, de dolor profundo que se debe sentir al develar el simulacro del origen. Animales blancos me conmovió profundamente, y sé, y estoy convencido, de que eso lo hacen únicamente las grandes novelas.

 

Hernán Huguet

Hernán Huguet nació en Buenos Aires y es profesor y licenciado en Letras por la Universidad de Lomas de Zamora. Cursó en la Universidad de Buenos Aires la Maestría en Literatura Española y Latinoamericana y desarrolla su actividad docente en la UNIPE (Universidad Pedagógica Nacional) y la UNLZ (Universidad de Lomas de Zamora). Ha publicado reseñas y artículos científicos y de divulgación en diversas revistas argentinas e internacionales y resultó ganador del concurso de relatos Transurbana, de la Universidad Nacional de Hurlingham, por su relato “Los Cuerpos”, en 2021.

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