Muñón

Ediciones La Chancha acaba de publicar «Mausoleo de pájaros», primer libro de cuentos del escritor Ernesto Castro. Compartimos con ustedes un adelanto de la obra.

Zona de peligro. By Víctor Ruiz

I

 

Si ya no estaban juntos, ¿valía la pena recordar la época en que lo estaban? ¿La época en que coqueteaban en bares, se mandaban fotos desnudos, hacían el amor en trayectos de buses nocturnos? ¿La época en que se besaban largamente bajo la regadera de un domingo aburrido? ¿Valía la pena, se preguntaba Donald de repente, recordar lo bueno cuando todo estaba mal? Se dijo que no. Porque ahora lo único que importaba era su soledad.

 

II

 

Katherine lo abandonó esa noche. Donald bebía arrecostado en una acera junto a Pinocha, que aprovechaba la oscuridad para camuflar su apariencia desarreglada, pero no sus hedores. Pinocha era un hombre mayor que le recordaba a la niñera de turno que le cocinaba huevos en torta con exceso de chile. Donald se sentaba en el comedor y pataleaba si no le daban su tenedor preferido. La niñera, tranquila, lo abrazaba con sus pechos cálidos. Sabía que era un niño carente de atención, carente de padres, y por eso la deferencia todo el día. Qué miserable. Inspiraba lástima. Recuerdos innecesarios: Donald estaba lleno de ellos. Pinocha hedía como los platos sucios de ese desayuno. Era el borracho más viejo del barrio, el mentor de nuevos pupilos, como Donald. Y esa noche Pinocha lloraba, porque llorar era la única forma que tenía para expulsar el licor y sus penas. Donald bebía y Pinocha bebía, pero Donald no hablaba y Pinocha contaba otra vez la vez que su exesposa le escupió la cara porque se orinó en la piñata de su hija, o la historia de cuando le pegó a uno de sus hermanos, en riñas por herencias, hasta quebrarle dos dientes. Llantos de arrepentimiento. No servían de nada. Los dos lo comprendían y por eso se juntaban, juntaban billetes y juntaban botellas con caricaturas frívolas de cañas y maizales. Juntaban desaires.

Pinocha estaba en la mitad de otro relato macabro cuando vio a Katherine doblar por la cuadra

—Ahí viene tu jaña.

Katherine.

No tuvieron tiempo de casarse jamás. Donald decía que sí; incluso decía que el día de la boda ella llevó un vestido carísimo —celeste, porque Katherine no creía en las supersticiones del blanco— y que el padre (a veces un monseñor, a veces arzobispo) los bendijo en la capital. Donald no perdía la manía de aparentar lo que no era. Katherine a veces participaba de sus mentiras para complacerlo; nunca lo contrariaba en público. De una u otra manera, lo quería sin ser el uno para el otro.

Katherine se acercó lo suficiente.

—No te da vergüenza. Otra vez tirado con esta lacra.

—Pinocha no es tan malo como creés —dijo Donald, volteándose—. ¿Verdad, Pinochón?

—Yo no me meto, hermano.

Se levantó y cambió de acera.

Katherine y Donald se quedaron solos, con la noche de puntos luminosos a su alrededor.

—Estoy saliendo del trabajo, Donald. Doble turno. Cúal creés que es mi susto cuando voy a la cocina y veo que el cilindro ya no está. De estúpida te iba a llamar, pero hasta el teléfono vendiste. Luego que se me pasó el susto me enturqué, Donald, me enturqué de viaje porque el único ladrón que se pudo haber metido tendrás que haber sido vos.

—Sí, Katherincita.

Quiso decir más pero el licor le adormecía la lengua.

—¿Sí qué?

—Sí.

—¿Adónde lo fuiste a vender?

—¿Qué cosa?

—Pues el cilindro, idiota.

—Sí.

—¿Te dieron mucho?

—No.

—¿A quién se lo vendiste?

—No me acuerdo.

—Qué asco.

Donald no dijo nada.

—¿Ya te lo gastaste todo?

─¿Qué?

─El dinero. La plata. ¡Los reales!

—Sí.

—¿Todo en guaro?

—Sí.

Esta vez fue Katherine la que se quedó callada.

Después de un pesado silencio, dijo:

—Me voy.

—¿A la casa?

—No.

—¿Adónde?

—Qué te importa.

Y agregó:

—Estoy harta de andarte de un lado para otro, de darte oportunidades, de chinchinearte. Harta de tratar de convencerme a mí misma que vas a cambiar. Estoy harta que la gente me pregunte por qué sigo con vos. Hay clientes que me han dicho que soy una chavala bonita, que soy inteligente. Y sabés qué, ya es hora de que empiece a escucharlos. No tengo por qué seguir cargando esta cruz.

Donald no la volvería a ver en mucho tiempo, aunque todavía hoy se pregunta si hubiera hecho algo detenerla. Pero esa noche se limitó a verla partir sobre los adoquines, como un fantasma de fuego destinado a disolverse en la penumbra.

 

III

 

No sabe cuántos días estuvo con Pinocha. Entre los dos han debido de tomarse lo que beberían en tres días. ¿Pero qué son tres días? En el mareo del licor, tres días pueden ser un quinquenio o una centésima de segundo. En su hondo vacío, las horas son un compendio de silencio rápido y lento, atronador, y feroz.

Perdido fue a dar a la puerta de su casa. Amaneció ahí, en el porche. Ahí, encarándolo, estaban las paredes color mamón que él mismo había pintado en diciembre del año anterior. Ahí estaban las flores de camarón que Katherine regaba a diario. Abrió la puerta. Tal vez lo trajo Pinocha, tal vez se trajo él mismo. Tal vez no lo trajo nadie. En la sala, a oscuras, se oía nada más el encogimiento de sus pasos.

Estaba solo.

En su casa.

Esa tampoco era su casa. El alquiler se vencía la semana entrante.

Fue a la cocina. Sin el cilindro de gas había pocas cosas que pudiera prepararse. Encontró pedazos de tortilla dura y un aguacate medio podrido en un estante; los revolvió en una masa repugnante que se comió en dos bocados. Tenía el estómago muy vacío y no anduvo con remilgos. Luego se fue a sentar al patio lleno de hojas (era Katherine quien la barría) a terminar de digerir la comida. Oyó que los vecinos reían, discutían o tarareaban alguna canción indefinible. Gatos corriendo. La campana del tren de aseo. Se aburrió al instante.

Entró al cuarto y encendió la bujía. Fotografías de Platón lo saludaron. Había varias en cada pared. Katherine las imprimía en un ciber y las pegaba con chinchetas donde sea. Ella era experta en todo: estudiaba Derecho, tenía un tramo en el mercado, le gustaba el arte. Katherine quien le enseñó que en el mundo había más de un Platón al cual conocer. El Platón fotógrafo capturaba escenas fortísimas: la que más le impresionaba era la de una pareja marcada por la guerra; al hombre le habían amputado la pierna y la mujer se aferraba a él, con sumo cariño, como si estuviese orgullosa de convivir con su desgracia, siempre y cuando estuviera a su lado. Katherine decía que Platón mostraba que aún después de la tragedia todavía quedaba algo por lo que luchar. Pero a Donald, ese cuarto, lo único que Platón le mostraba era que no había ahora mujer alguna que quisiera aferrarse a su muñón.

Se enllavó. Era un cuarto muy pequeño, como todos en los que había estado. Lo más que alcanzaba era su cama y un ropero de tres gavetas. Descubrió que en el ropero solo estaba su ropa. Katherine se llevó también sus alhajas (tenía algunas, como una esclava de oro puro, que ocupaba cuando iba a prácticas a los juzgados). Nada más dejó una colección de cremas de concha nácar que Donald le había comprado con mucho esfuerzo, cuando trabajaron de meseros en un restaurante. Se las regaló en su aniversario de novios. Unas eran para el día, otras para la noche. Unas para la cara, otras para las piernas. Katherine las usaba mucho porque su piel era muy sensible y no era raro que de pronto le aparecieran manchas de la nada. Donald destapó una de las cremas. Tomó un poco entre los dedos y se puso en la nariz. Percibió un olor a plateado, a mar, a claridad, a asepsia.

El olor de Katherine.

Se sentó en la cama y comenzó a desabrocharse la faja. El pantalón lo tiró al suelo. Cuando estuvo por completo desnudo, pensó en darse un baño, pero una erección que le crecía demandante y caliente se lo impidió. Primero se pellizcó un pezón y después se tironeó el vello púbico. Tomó más crema y se la restregó por todo el pene. Se masturbó suspirando, gimiendo, lastimándose, manteniendo recuerdos fijos en un lugar que gravitaba sobre su cabeza y que no podía alcanzar. El hormigueo era punzante. Hacía mucho que no tenía un orgasmo. Pinocha lo tocaba a veces, cuando creía que el alcohol era tanto como para que Donald no se diera cuenta. Pero se daba cuenta. Se daba cuenta, se lo permitía, no le incomodaba y Pinocha nunca lograba hacerle algo que le gustara demasiado. No que Pinocha insistiera tanto después de todo. Quizá tampoco le gustaba tocarlo y lo hacía nada más porque extrañaba tocar a alguien.

Donald extrañaba ser tocado. Extrañaba tocar a Katherine. Sus pechos eran como dos nubes de calor que secaban y mojaban los dedos, secaban y mojaban su lengua, hasta llenarlo.

Evaporarlo.

El semen de Donald voló tan alto que algunas gotas le cayeron en la cara. A Katherine le gustaba mucho eso: «Verlo por los aires me hace sentir que la que estoy en el aire soy yo». Qué ocurrencia. Qué placer. Donald sonreía, y esa mañana, también sonrió.

 

IV

 

Pasará el resto del día viendo televisión. Cuando el hambre lo moleste otra vez irá a la venta. Pedirá fiado un salchichón con huevos o una sopa Maruchan, pero no conseguirá nada. Se quedará sentado en una silla plástica, con dolor en la espalda, viendo caricaturas —Homero Simpson sin entender al mundo— y documentales sobre animales —«las marmotas hacen movimientos repetitivos, que a los humanos les parecen graciosos, pero no lo son, pues son producto de su ansiedad en cautiverio»— hasta que caiga la noche.

Qué bueno que había vendido el cilindro y no el televisor. Tal vez lo venderá después, pero por ahora le está siendo de mucha utilidad. Aunque igualmente terminará por aburrirlo.

Saldrá a buscar a Pinocha. No será una búsqueda difícil. Estará en la misma acera de siempre. Tendrá la mitad de una botella de Caballito.

—Esto me hace mierda —dirá Donald.

—A mí me hacés mierda vos.

A Katherine la buscaría después. Seguro estaba donde su suegra, exhausta y leyendo en el porche. Nunca está lejos, se dirá Donald casi al mismo tiempo en que Katherine pone pie en otro planeta, en otra galaxia, inalcanzable.