Dos libros desde Honduras

Un poemario de Marco Aurelio Laínez Zelaya y una novela de César Lazo son comentados aquí.

Foto de Luigi Esposito Jerez (ver galería completa en Álastor).

Contrapesos y equivalencias, de Marco Aurelio Laínez Zelaya:
Metáfora en la vida de un poeta o vida de un poeta cargado de metáforas

 

 

“En toda cima hay calma”, enfatizaba Goethe, y la poesía de Marco Aurelio Laínez (Nacaome, Valle, 1960) nos deja con el presentimiento de que ha vivido a plenitud cada etapa de su vida. Desde esa perspectiva, su poética se torna sencilla y profunda, quieta por fuera, pero con turbulencias internas que me hacen recordar el título de su reciente poemario Contrapesos y equivalencias (Tegucigalpa: Círculo Infinito, 2016).

En su conocida Conferencia en Darmstadt, Ortega y Gasset aseguraba que “el hombre, (y) la vida, son un acontecer interno y no otra cosa… Por eso sólo se puede hablar del hombre y de la vida si se habla desde dentro”. A mí me parece que la poesía de Laínez, su voz, emerge desde ese “dentro”; por eso, aunque algunas de sus valoraciones sean abstractas y enfocadas hacia el exterior, no dejan de ser evidentes y reveladoras, porque son depuradas: lo abstracto se torna objetivo, y en su visión de lo externo presentimos la subsistencia de lo íntimo, y a la inversa.

En la primera parte de este libro, podemos leer una personal visión cosmogónica, puesto que en el mundo del que proviene el poeta, o más bien su palabra, es un contexto “donde la verdad se escuda/ tras océanos de espejos”, el sitio común “donde nacen los astros,/ las bestias y los dioses”. Un cosmos tan “real” en el que existe la negación misma de su existencia, porque hasta lo que percibimos desde nuestros sentidos debemos poner en esa duda que nos lleva a la certeza de que llegamos “de un lugar sin nombre” en el que prevalece “la palabra intuida”, el “silencio sonoro” y “donde todo recuerdo es certeza de olvido”.

Es a esa patria, a ese retazo de universo, a veces íntimo, doloroso, risueño y violento, en ocasiones externo, al final, es el patio en que el espíritu y la vida misma se estructura entre “contrapesos y oscilaciones”, en el que si bien es cierto, al parecer estamos condenados a olvidar, en el que no nos curamos de una especie de amnesia crónica que nos convierte en víctimas o en victimarios, o en ambos casos, pero que a pesar de ello, resistimos a deshumanizarnos aunque en el sentido propiamente existencial, nos movamos entre el dolor y el placer, el primero como acto de redención, el segundo, como presentimiento de la eternidad.

Laínez llega a la conclusión en uno de sus poemas de que “si de la nada todo,/ todo un día salió;/ entonces todo es nada,/ incluido” él; es un acercamiento a la añeja teoría “creatio ex nihilo”, pero que desde su visión, en su forma de contener esa “nada”, es capaz de nadar en el “todo” como navegante o náufrago de una realidad en la que no nos deja otra opción de crear otras realidades o al menos otras lecturas de las “realidades” a través de la poesía.

“Nada existe realmente estático” sentencia el poeta, “formas que se diluyen y transforman,/ cambios imprevistos,/ saltos repentinos./ Reposos simulados de secretos avances…/ Caminos bifurcados con destinos coincidentes./ Confrontados caminantes en mutua cooperación./ Contrastes y reciprocidades de perfectos ensambles”, esa es la conspiración por la vida, y desde luego, también por la muerte, porque en ese afán los seres humanos nos construimos y nos destruimos lidiando sobrevivir y dejar constancia de nuestra existencia, pero aunque todo se acabe, prevalecerá la palabra en algún rincón de las ruinas que se avecinan, alguien escuchará la voz del acabose, de lo que culminó, de lo que dejó de ser materia y se convirtió en palabra, en sonido, y al parecer en un sentido inverso, es la convicción del poeta: que la palabra, a lo mejor, vuelva a ser materia.

“Con perecederas y renovables brasas,/ inmortalizar la hoguera de la vida”, demanda, puesto que en su anhelo subsiste un permanente compromiso por la vida, por retomar ese histórico mandato humano de sentirnos y considerarnos parte de la naturaleza y no ajenos a ella, extrañamiento éste que nos pone ahora ante amenaza de extinción de nuestra propia especie, que nos convierte en el peor animal del planeta, en el que la razón y la lógica son guiadas por la avaricia y la necesidad de acumular poder y bienes materiales. No homo sapiens, más bien, homo demens, asegura el teólogo Leonardo Boff, y la poesía de Laínez, lo señala sin hipocresía.

¿Qué es la vida, si no el espacio físico-temporal donde a través del ensayo-error intentamos aprender a vivir? Ninguno de los dioses nos entregó el manual exacto para interpretar la vida, apenas llegaron a limitar los horizontes de nuestra naturaleza, a mutilar los placeres, a estimular la culpa, a negarnos los paraísos, a etiquetar acciones bajo cargos de pecado, a ofrecer “cielos eternos” si te guías con obediencia, si no cuestionas, si eres “hijo bueno”; y “sufrimiento perenne” por todo lo contrario, aun así, al final de nuestros días una sentencia prevalece en la obra del poeta: “que nadie pregone haber vivido,/ si no ha caído libremente/ desde la altura estrepitosa de una carcajada/ hasta las frías aristas de un dolor irrevocable”.

Si bien es cierto, en la primera de las tres partes en las que está estructurado el poemario, Laínez aborda desde nuevas lecturas, y buscando reinterpretaciones mucho más críticas, temas cosmogónicos, sublimes, filosóficos y existenciales; en las dos siguientes partes, obviamente, sobre esa misma senda con atisbos holísticos y filosóficos, se acerca a explorar sus “realidades” mucho más íntimas, políticas, ideológicas e inherentes al poeta, cercanas a su contexto y a esa naturaleza poética llena de “paradojas”.

En este universo poético, vida y muerte, o muerte y vida, son solo dos “escenarios” gemelos, dos “elementos” opuestos e inseparables en este fenómeno del vivir. “La muerte es una vida vivida. La vida una muerte que viene”, sentenciaba Borges, a lo que Laínez complementa —en sentido casi trágico— que está “Condenado a vivir/ para alimentar la muerte./ Olvidando la espera/ y esperando el olvido”. De todas formas, alguien por ahí “gritaba” que el olvido es la única forma de morir, y el poeta se aferra a esa convicción casi escatológica, inmerso y al mismo tiempo en desacuerdo con estas sociedades de consumo en las que hasta “la verdad se ha vuelto/ adicta a fiestas de disfraces”.

Los orígenes sociales y la formación intelectual del poeta configuraron un compromiso desde la palabra y la praxis con las luchas sociales de los sectores menos favorecidos. Su poesía es una voz de crítica y denuncia en poemas como: “Entre la farsa y el miedo”, cuestionamiento frontal a una sociedad en la que su clase política “prospera el artificio y el hablar vacío”; o en “Ecología de la pobreza” en la que “fotografía” el falso compromiso que flota en las celebraciones del “Día de la tierra” y en el que los discursos son mera perorata carente de acciones, porque las mismas, entran en contradicción directa con el sistema capitalista que enriquece a las grandes transnacionales, alquimistas que convierten en dinero la vida misma, y empobrece cada vez más a los ya empobrecidos.

Sin dejar de mencionar el poema “Siguen jugando sucio”, porque aunque el poeta habite en el exilio, su voz sigue levantando el estandarte que exige patria, la distancia no ha sido sinónimo de amnesia, de una “honduras” en la que en los medios de comunicación alineados al oficialismo: “Anunciaron en cadena nacional/ la guerra abierta contra el hambre.// Pero el número de víctimas, /sigue multiplicándose”; poema éste que se complementa con “Cacofonías del hambre”, en un remedo de país, patria usurpada donde la “redonda cacofonía de calderos en desuso:/ bocas de adobadas apetencias/ y mordiscos inconclusos.// Paredes decoradas con círculos /de espera e incertidumbre”.

Pero no todo es gris y oscuro en la poesía de Laínez, también es colorido y luz, canto de sueños, música y esperanza, “no hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza” (Freire dixit), y lo mismo asume el poema “Hasta perder la voz”, un llamado a cantar en compañía de instrumentos musicales y del poeta, desde las entrañas del monstruo imperial “para que caigan los muros del odio irracional.// Para que los ríos/ no se usen más como fronteras/ ni el color de la piel/ para enarbolar banderas.//.. para trocar los fusiles/ en arados. //Para limpiar la sangre de las manos y los prados.// Para que resurja como el sol de cada día”.

Ante la adversidad que impone el poder, el ser humano desposeído, siempre buscó la colectividad, el sumarnos aun ante la diversidad, y en ese sentido, la respuesta de los grupos de poder siempre ha sido la misma: represión, tortura, exilio y asesinato. Se ha dicho que si hay algo en lo que el poeta se convierte y debe asumir compromiso con ello, es convertirse en un cronista de su tiempo. Ante la injusticia, el olvido no es permitido, la memoria histórica se debe salvaguardar, y por eso, diversos poemas, tales como “Luciérnaga libertaria” que está dedicado a la rebelde niña Soad Ham Bustillo, mártir estudiantil que ante las cámaras de televisión denunció el olvido oficial hacia el sistema de educación pública, palabras tan indignadas, claras y contundentes, que este remedo de dictadura que (des)gobierna Honduras no se olvidó de pasar por alto y días después fue asesinada a manos del sicariato institucionalizado, son y serán ecos de necesidad de justicia y llamado a la reivindicación.

Para ir finalizando con este intento de acercamiento previo al poemario, cabe enunciar que la tercera etapa del libro es una suma de poemas de naturaleza y contenido diverso, tal vez sea el apartado más heterogéneo, pero no por ello, carente de unidad.

En esta parte del libro, abre el poema “Prohibida la indiferencia”, mismo que engarza como culminación de la realidad develada en la segunda parte del libro, y no es más que una invitación al estilo del poeta Nezahualcoyotl: dejemos por lo menos canciones atrás; “Canciones de cuna haré/ para el niño sin madre.// Luz en su sombra seré/ cuando el miedo le ladre…// Pintaré de esperanzas/ el camino del pobre,/y partiré mi lanza/ por su batallar noble.”, compromete Laínez, no solo su palabra, sino, toda una vida en la que la poesía y la militancia, son mágicas armas para deshacer entuertos y alimentar los dulces sueños de un poeta que desde la distancia, siente el dolor de un terruño, de ríos, mares, valles y cerros, de paisanos y de paisanas, que mueren, y desde su muerte renacen más libres, en cada gesto de rebeldía que se propaga en el pecho de la gente.

 

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César Lazo y los ojos del otro Edén

 


El connotado escritor nacional César Lazo (Sabá, Colón, 1954) es un acucioso observador, hombre modesto, pero ilustrado, insaciable buscador de conocimiento: en cada conversación nos deja siempre un aporte a sus amigos. Y es justamente esa necesidad de encontrar respuestas a sus permanentes inquietudes intelectuales lo que lo ha convertido en un escritor polifacético, condición puesta en relieve a partir de su heterogénea producción literaria que, mostrando una extraordinaria sensibilidad, constituye una obra sólida y estilísticamente propia. Incursiona en géneros como la poesía, la narrativa y el ensayo.

En su más reciente novela, Los ojos del otro Edén (Tegucigalpa: Verbo, 2013), Lazo travesea con las mitologías creacionistas, hurga en la tradición judeo-cristiana buscando quitar el manto entre mitos y realidades; ello sin robar la magia y el significado de ambas dimensiones.

Pero su curiosidad no se queda allí. Explora la cosmogonía de “otros Edenes”, quizás mucho más nuestros, menos etnocéntricos y al servicio de una visión holística, donde el ser humano no es el amo y señor de lo que existe, sino solo un elemento más en la constitución del todo.

En ese sentido, Lazo se convierte en “moderada deidad” al ofrecer desde la creación de su mundo literario senderos hermenéuticos distintos que nos conducen a nuevas percepciones con relación a lo que consideramos “real”.

Ese ejercicio posibilita inauditas ojeadas, al ofrecer una enorme cantidad de ventanas a las que podemos asomarnos a fin de que, con un tanto de pasmo, nos enteremos de que no somos la única consciencia que habita este “Edén” (¿Desdén?) donde impera el homo demens.

Otro componente interesante de la novela es el hecho de que en el hilo conductor de los sueños —traslapados— en los que discurre dicha historia, o más bien la realidad o la ficción de la tradición humana, el escritor —a través de los personajes— cuestiona a los “divinos elegidos” y autoproclamados “portadores de la verdad”, poniendo en evidencia ese antiguo “pecado” humano que se esconde detrás de los discursos “mesiánicos” en la búsqueda de un poder terrenal.

Sus personajes transitan una historia teológica conocida por muchos, pero lo hacen desde otro camino, una calzada, si bien es cierto similar, que dista de la tradicional al plantearse menos celestial y mucho más humana al transgredir las visiones escatológicas fundamentadas en el miedo, la irracionalidad y la fe ciega.

Los protagonistas riñen con esa esperanza —un tanto falaz— sembrada en las convicciones humanas mediante el dogma de una “anhelada” vida eterna espiritual después del infierno físico terrenal; al final, en tono irónico van asumiendo la rutina de la inmortalidad en términos de “castigo”, alentando lo rebelde, lo insurrecto abrigado en lo humano.

A partir de esas relecturas alegóricas se intuyen discusiones teológico-existenciales en relación con el pecado, la avaricia, el etnocentrismo y la anomia, generados por ese indisoluble empeño humano por lo material. Partiendo de su presentido edén cosmogónico, Lazo va desenhebrando las falacias, los artificios y los vaticinios utilizados como cabestrantes para argumentar, desde lo “divino”, las humanas relaciones de poder.

Relaciones de poder que esconden y hasta justifican la inequidad y la injusticia de unos seres humanos sobre otros, el irrespeto a la vida en todas sus manifestaciones amparado en la lógica de acumular y el argumento inmoral de las jerarquías.

La novela hurga de manera visceral el lado humano “perverso”, invitándonos a la introspección y a generar cambios de actitud en función de asumir un compromiso con otras “verdades”. Y a pesar de ello, con un extraordinario manejo del lenguaje narrativo, tutela el sueño y la utopía, al ofrendarnos la convicción negada permanentemente por la vorágine de la cotidianidad: que “no todos los paraísos son mitos”.